73 – Riña de gallos

Llevaba muchos meses (Perú, Ecuador y Colombia) intentando ver una pelea de gallos. Cada vez que me coincidía fin de semana en zona muy rural y gallera preguntaba por ahí y siempre resultaba que eran el día siguiente o habían sido el día anterior. En el Eje Cafetero decidí que haría lo que fuera para ver por fin una riña de gallos. Porque para mí un domingo sin riña de gallos no es domingo.

Así que en un pueblo cuyo nombre no consigo recordar (¿La Tebaida?), decidí quedarme a dormir un sábado porque el día siguiente por la tarde se celebraba una velada gallera. Maté el día como pude, con un mediodía especialmente achicharrante, y por la noche (a partir de las 18:00 ya es de noche) dejé la bici en el parqueadero cósmico y acudí al coso.

Cuando llegué acababa de terminar la primera pelea y ya había bastante gente. El dueño de la gallera convidaba a los asistentes a sancocho y el servicio de bar funcionaba con alegría. Salsa en los altavoces y bastante humo.

Con mi aspecto de guiri total yo cantaba más que un pericote en Tokio, y continuamente se me acercaba gente a explicar cosas o a preguntar o a pedirme que les sacara un retrato con sus gallos. A cambio yo les abrasé a preguntas todo lo que pude. La cosa va tal que así:

Los criadores de gallos van llegando a lo largo de la tarde con sus gallos dentro de sus maletas, algunas muy molonas.

Después de hacerse de rogar un rato van sacando los gallos de uno en uno y se pasean por la gallera con el gallo cogido en el brazo como un bebé mientras acarician sin cesar las larguísimas plumas de la cola y van de corrillo en corrillo, charlando aquí y allá, o se hacen los interesantes y dicen que no con la cabeza todo el rato.

Ahí empieza una ronda larguísima de comparación de gallos. Los ponen uno al lado del otro para ver de alguna manera si son contrincantes del mismo tamaño. Con mucho cuidado porque un gallo, cuando ve a otro gallo se vuelve loco y no piensa más que en ir a por él. Esto es una de las varias cosas que me sorprendieron: lo absolutamente dóciles y tranquilos que son con las personas humanas y lo acojonantemente agresivos que son con cualquier otro gallo. Incluso cuando se pasean con los bichos en brazos, si se pone a tiro cualquier gallo en brazos de otro, se arma la marimorena.

Esto hace que la comparación de tamaños sea un poco difícil y, al menos para un espectador no iniciado como yo, tediosa, aunque supongo que a los participantes les debe parecer superentretenido, puesto que forma parte de todo el ritual que precede a las riñas. Desde que yo llegué hasta que por fin dos criadores se pusieron de acuerdo, pasó una hora entera.

Otra cosa curiosa es que los galleros se refieren a los animales como  pollos en lugar de gallos. Supongo que es como en el mundo taurino llamar buey a un toro bravo o jaca a un brioso corcel, como para restarles bravura y aumentar la de quien lo dice.

Esta raza de gallos es muy pequeña, nada que ver con las razas de carne o de huevos. De hecho, se llama gallo fino, que mola.

Cuando por fin dos creen que sus gallos son parecidos (aunque supongo que pensando que el propio es ligeramente mejor) acuerdan la cantidad que ellos y sus amigos pueden apostar, reúnen el dinero y por fin, con bastantes nervios y alargando cualquier movida todo lo posible, proceden a ponerle las espuelas a cada gallo.

Esto es una cosa muy curiosa de ver. Le pelan a navaja los espolones propios al gallo, acción que aparentemente no le duele, y le colocan, pegándolos con una especie de lacre, unas espuelas muy guapas -aunque mortíferas- de un tamaño acordado previamente. Por lo que vi, hay personas especializadas en esto que se lo hacen a sus amigos. Se trabaja a toda velocidad, pero aun así tardan sus buenos 10 minutos.

Ahora ya sí, por fin, empieza el bacalao. Nos acercamos todos al coso y los galleros entregan a sus campeones a unos árbitros.

Los árbitros enseñan los gallos al respetable dando una vuelta al ruedo, dicen unas cosas y azuzan a los gallos, acercándolos el uno al otro, hasta que les llega el paroxismo y los sueltan. Al instante los dos gallos se acercan el uno al otro y no paran de atacarse a espolonazos y picotazos, revoloteando sin parar hasta que uno de los dos cae agotado o herido al suelo. Dependiendo de la pelea, esto puede durar desde muy poco a 10 minutos.

El que queda en pie, lejos de creerse vencedor, sigue dándole caña a un cuerpo aparentemente inerte, lo que me parece el momento más malrollero de todo lo que vi.

Bueno, también me dio algo de mal rollo ver a la gente disfrutando de lo lindo con la pelea, desencajados animando al gallo propio a que destroce al otro o llamándolo ¡gallina! cuando está tan jodido que no se tiene en pie y mientras recibe a base de bien.

En las tres riñas que vi los perdedores acabaron muriendo a los pocos minutos. Los gallos muertos se los entregaban a un paisanín de aspecto bastante humilde, que los guardaba todos en una jaula para comérselos, según me dijeron. Carne recia, pensé yo.

Por lo demás, he de decir que toda la movida es estéticamente bastante atractiva: dos pájaros de colores bailando junto con todo lo que lo rodea y lo ceremonioso que hacen cualquier trámite. Pero no puedo dejar de destacar el hecho de que esa misma noche soñé repetidamente con peleas de gallos y el día siguiente cada vez que veía una gallina por los pueblos me daba como cosa.

Leyendo sobre el tema he visto que, además de en gran parte de Latinoamérica y Asia, las peleas de gallos son legales en algunas zonas de España y Francia. Toma ya.

 

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