72-miércoles 1 de agosto de 2012 – Bogotá-Cali

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Como siempre, pinchad en el mapa si queréis rabilar por él

Hace ladediós que no actualizo el blog. Lo cierto es que en las últimas etapas del viaje mi relación con internet dejó de ser lo que era. Tener que actualizar el blog y responder correos se convirtieron ambos en una carga. Una pescadilla: no escribía porque no me apetecía nada y me sentía mal por no hacerlo, pero no le ponía solución porque no me apetecía. Finalmente decidí que no tenía ninguna obligación de atender a internet y que no pasaba nada por no hacerlo. Se vive mucho mejor así, claro.

Pero en realidad me daba un poco de rabia dejar el blog cojo, sin un remate o sin, al menos, un resumen rapidito de mi periplo por Colombia y mi llegada a casa. Ya llevo en mi casa casi cuatro meses y después de 120 días de reencuentros de todo tipo y unas Navidades cojonudas de por medio, por fin me he puesto en plan. Así que aquí va una entrega sobre una parte de Colombia resumida, sin el gracejo que pretendía caracterizar al resto del blog, pero espero que suficientemente entretenida. Y si no, pues miráis sólo los santos, que ya sé yo que muchos de vosotros…

Salí por fin de Bogotá, la ciudad donde siempre llueve. Sus habitantes (nacionales y extranjeros) se ofenden mucho cuando digo esto e insisten en que a veces sale el sol. Y no les falta razón, porque en el mes completo que pasé allí de vez en cuando vi el sol durante instantes brevísimos que, eso sí, sabían a gloria bendita. De todas formas, ellos sí pueden cagarse en el tiempo bogotano, pero los de fuera no podemos ni mentarlo porque en seguida sacan las uñas.

Durante un tiempo dudé sobre qué dirección tomar. Tenía la posibilidad de viajar por Los Llanos para visitar a la familia de Camila en su inmensa granja. Los Llanos, la zona baja en el este de Colombia, cuyos miles de kilómetros de herbazales comparte con Venezuela tienen que ser acojonantes, pero todo el mundo me desaconsejó visitarlos en esta época por ser la temporada de lluvias: barro a esgaya e insectos molestos por doquier. Molestos o, directamente, torturantes; recuerdo con gran desagrado a los coloraditos del llano selvático.

Bueno, pues eso, que al final salí en dirección a Suesca, la zona de escalada más conocida del país, en la Sabana de Bogotá, la continuación de la enorme llanura a 2600 m de altitud donde se acumula más de un tercio de la población colombiana y en la que llueve tanto o más que en la propia capital.

De camino pasé por más zonas que eran iguales que Asturias. Todo el camino lo hice, además, aderezado con un orbayo cabrón que dio muy pocos respiros los días siguientes. Esta vez sí que no podéis decir que no. Esta vez no es cosa mía: mal tiempo, vacas, ocalitos, praos con somieres y bañeras…

…merenderos…

…monte de las antenas…

…casas de indianos…

…y Cerro Covadonga. No es coña.

Y pancima…

Para rematar, un juego popular típico de los domingos en la zona es este.

Tiran unas fichas grandes de fierro contra un minicastro lleno de arcilla fresca donde hay unos papelinos con restallones dentro que explotan al golpearlos. No es cuatreada, vale, pero para mí como si lo seriese.

Nada más llegar a la zona de escalada me puse a hablar con una gente y a los 10 minutos ya estaba escalando con ellos y con una invitación a quedarme en su casa, en el pueblo de Suesca.

Los demás marcharon al día siguiente pero todavía me quedé tres días más con Alejo, escalando y charlando sin parar. Me cagué de miedo escalando con esos distanciados de pioneros, esa arenisca no demasiado adherente y la altura de las primeras chapas.

Constaté con desagrado que no sólo estaba flojo de brazos sino también de cabeza. Además, el dolor de rodilla que arrastraba desde Quito se me agudizó muchísimo, hasta el punto de no poder casi caminar, lo que me acojonó doblemente. A partir de ahí y por prescripción facultativa (gracias Belar y Vero), comencé a ponerme hielo al terminar la jornada de pedaleo, lo que supuso una gran mejora.

Con el cuento del hielo una vez más disfruté de la hospitalidad y del amor de los colombianos por los extranjeros y por los ciclistas: cuando pedía hielo en un bar o una casa se desvivían por proporcionármelo, llegando en varias ocasiones a mandar al guaje a comprar hielo para mí. No tengo palabras.

A pesar de los acojones varios, pasé muy buenos días con Alejo, a quien espero ver algún día en mi casa.

Pasados tres días me despedí de él y me dirigí hacia el Oeste. Bajada (con sus puertos sorpresa, por supuesto) desde el frío desagradable y la humedad bogotanos hasta el calor desagradable y la humedad del valle del río Magdalena. Al entrar en los últimos 1000 metros de bajada se choca contra una muralla de aire caliente, un ostión de calor que no te abandona hasta que vuelves a subir, y el paisaje vuelve a cambiar.

Para ir donde yo iba me tocaba cruzar el ramal central de los Andes, así que vuelta a subir por el otro lado del Valle. Tres días de ascenso entre los 200 m y los 4200 del Parque Natural de los Nevados, junto al Nevado del Ruiz, aquel de la movida de la niña Omaira (1985) que debió ser la primera desgracia que nos tragamos los españoles en riguroso directo y que tanto nos impresionó de guajes. Pasé a unos 50 km de Armero, el pueblo que quedó sepultado, pero el sufrimiento de la subida (calor brutal y ascenso sin un solo descanso en los 4000 metros de desnivel) pudo más que la curiosidad.

A lo largo del viaje he pasado por varios sitios donde los caprichos de la Pachamama provocaron miles de muertos de una sola tacada en pleno siglo XX y la verdad es que impresiona. En este caso, además de Omaira, murieron otras 23.000 personas.

El último pueblo en esta vertiente de la Cordillera se llama Murillo y es muy curioso. Hace frío, está alto y tienen el volcán ahí al lado, pero la gente es bien maja y muy curiosa con los extranjeros como yo.

Y los alrededores molan bastante.

Al salir del pueblo fue la única vez que conseguí ver el Nevado

En la parte alta la carretera rodea al propio Nevado del Ruiz. Durante unos 50 km se rueda por encima de los 4200 m con más páramo, más frailejones y paisajes volcánicos sobrecogedores y acojonantes. Y mucho frío y poca visibilidad a causa de las nubes. Una pena, porque en esos días el volcán estaba echando humo y no lo pude distinguir de las nubes.

Bajada de 2000 m por el otro lado de la Cordillera a Manizales, una ciudad bastante prescindible para mi gusto. Desde allí me dirigí hacia el Sur recorriendo el Eje Cafetero por carreterinas. El Eje Cafetero es más o menos lo que dice la wikipedia. Para mí guapo e interesante a partes iguales pero sin demasiado de ninguno de los dos.

Desde el punto de vista ciclístico una sucesión continua de subidas y bajadas. La topografía de esta zona es muy curiosa; son muchos kilómetros cuadrados de colinas de 50-100 m, una detrás de otra y llenas de curvas. Es bastante divertido.

http://ridewithgps.com/trips/1157319/elevation_profile

Y todo petado de cafetales.


En esta zona fui a una riña de gallos. Llevaba con la curiosidad un montón de tiempo, desde Perú, y aquí por fin pude ir a una velada. Lo cuento en otro momento porque merece la pena.

En todos los fondos de valle de Colombia hace un calor terrorífico. Como ya he contado otras veces, al ser tan cercano al ecuador, el sol cae de plano a mediodía. Pero es que a las 9 de la mañana el sol ya están tan alto como un mediodía de verano en mi casa. A partir de esa hora el calor aumenta inexorable, y a las 11 u 11 y media tengo que buscar una sombra y parar hasta las 15:00 aproximadamente. Esto implica que no puedo remolonear la mañana y debo partir lo antes posible para aprovechar la relativa fresca mañanera, aunque al alba ya se está en manga corta y sudando. Y después de la parada obligada del mediodía me quedan apenas 3 horas de pedaleo como mucho. El resultado es que no se puede avanzar todo lo que uno quiera.

Y ni siquiera mi nuevo invento sirve de mucho con esta solana.

Como siguen sin gustarme las carreteras principales, me dirigí hacia Cali por los valles laterales del gran Valle del Cauca. Una locura de subir y bajar por caminos estrechos y muy pindios, con el añadido de ser zona FARC. Esta vez no vi a ninguno aunque por lo que me dijo todo el mundo, ellos a mí sí. No obstante, todos los habitantes de la zona me tranquilizaron mucho con este tema, afirmando que si me los encontraba no iba a pasar nada de nada. Me dejarían pasar o no, pero sin  peligro de ningún tipo. Y no me habría importado nada encontrármelos, a ver qué se cuentan.

Elegir esta zona tuvo otra consecuencia buena. Un día en una carreteruca un señor se paró a hablar conmigo y al terminar me dio su teléfono diciéndome que si volvía a pasar por allí, que le llamara y me invitaba a comer. Me guardé el papelín cuidadosamente.

Pocos días después llegué a Cali.

El español que hablan en Colombia es el más parecido al español de España que me he encontrado en todo el viaje. Sin embargo, hay varias cosas del hablar colombiano que me hacen mucha gracia:

  • En Colombia un tinto es un café solo. Una muestra de hospitalidad básica es “¿Le provoca un tintico?“. Y a mí me solía provocar.
  • Marica es como “tío” o “colega” para nosotros. Al principio choca un poco, claro.
  • Para decir ¡cagonmimáquina! dicen ¡gonorrea!, que me hace mucho de reír.
  • Y la frase que más escuché y que me encanta: “¡Ijoepucha, parsero, este man es verrrrraco pa pedalear!”.

Curiosamente las mujeres no dicen verrrrraco sino guapo, que alude no a la belleza sino a la audacia y a la bravura. Como ese tumbao que tienen los guapos al caminar. O como el watusi, que es el negro más guapo de la Habana ¡A correr caballeros!

Una oruga muy curiosa

Son faros de auto

Tratarán a la gente como al ganao ¿no?

Toma carril bici

Toma trisomía

Rompoing significa retonda, pero creo que no se escribe así

Y creo que así tampoco

El cielo está mucilaginado…

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Acerca de srsuave

acojonante
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