70-domingo 15 de julio de 2012 – Bogotá

Bogotá es otra ciudad enorme: 8 millones de habitantes repartidos por una llanura inmensa muy curiosa colgada a 2600 m de altitud en la vertiente occidental del ramal oriental de la Cordillera. Quizás mejor ver un mapa. O esta maqueta enorme de Cundinamarca, el departamento del que también es capital Bogotá, y donde dibujé mi ruta de llegada.

En casa de Bego y César estuve superbien. Tener una casa (un hogar, como dice Bego) con todas las comodidades de una casa, ser alimentado por ellos dos como tien que ser y muchas veces con productos de la tierrina (¡esos quesos!, ¡¡ese chorizo ahumadín!!, ¡¡¡ese paté de oricios!!!…), las excelentes sobremesas de las cenas, de cháchara hasta las tantas, y alternar con -e ir a casas de- otros expatriados españoles, fue requetebueno.

No tengo fotos de ellos dos. Mecachis. En esta foto del cumple de la mamá de César, él es el de rojo de espaldas.

Una cosa molona de Bogotá (y que luego vi que pasa en toda Colombia) es que está organizada por calles y carreras numeradas. Es decir, cuando te dan una dirección, sabes llegar a ella orientándote perfectamente, aunque hayas caído del cielo en cualquier punto de la ciudad. Bogotá es bastante ortogonal, aunque de vez en cuando las calles (y carreras) hacen cosas raras y desaparecen o se juntan con otras o hacen diagonales, pero yendo en bici no es ningún problema y en seguida se sabe hacia dónde tirar.

Como hago siempre, me recorrí la ciudad de cabo a rabo (no siempre evitando los barrios del terror, aunque sí los que provocan más consenso). Es muy plana y tiene zonas muy interesantes.

Como muy ecléctico

¿(cag)Arte en la calle?

Il Duomo

¡Están entre nosotros! 

De todas maneras, yo siempre pensé que eran sociedades secretas, y aquí en Latinoamérica ya he visto muchas sedes que, aunque no lo anuncien a bombo y platillo, tampoco se ocultan mucho

Entre otras cosas quise ver todos los edificios que pude de Rogelio Salmona, un arquitecto rolo (bogotano) discípulo de Le Corbusiery por lo visto inspirado en la cultura urbana de la Europa preindustrial y la arquitectura de la Península Ibérica y del norte de África bajo la ocupación árabe. Lo conocía por unos números viejos de El Malpensante que había encontrado hacía unas semanas.

Me gustaron muchísimo el Edificio de Posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional

y la Biblioteca Virgilio Barco.

Una cosa curiosa de este Salmona es que era fan del ladrillo visto -algo que en España no mola porque es un poco como de barriada, pero que puede quedar muy bien-, y un obseso de encontrar la tonalidad de rojo perfecta para cada edificio. Casualmente la casa de Bego y César está justo enfrente de las Torres del Parque, diseñadas por él y donde residió gran parte de su vida.

No sé si por seguirle a él, pero Bogotá está lleno de ladrillo visto por todas partes.

Aproveché para ir a la sede de El Malpensante a ver si conseguía algunos ejemplares viejos. Me tomaron el pelo de mala manera: me vendieron 3 números de 1999-2000 por un valor superior al que ponía la portada. Y encima, tanto que había flipado con los que había encontrado, y resultó que dos de ellos eran infumables. Además, ya me he dado cuenta del truco, y es que no contiene prácticamente material original, pero jamás cita dónde se publicó por primera vez.

Yo no seguí mucho el Ajoblanco, pero es la única revista que conozco con la que la podría comparar: una revista cultureta “seria” en principio de izquierdas, pero en la que también tiene su espacio el chismorreo cultureta. Al ser números antiguos hace mucha gracia leer artículos sobre la increíble revolución de internet o del genoma humano. Y ver anuncios de palms.

Durante mi estancia en Bogotá me vi casi todos los días la etapa correspondiente del Tour. Me prestó, pero qué aburrido fue el de este año. Qué pena ser aficionado de toda la vida ahora y no cuando tenía que ser, cuando el ciclismo era mucho más bravo y los ciclistas podían permitirse ser chulos con razón. Lo vi en un canal colombiano muy forofo del ciclismo. Unas horas más tarde retransmitían en diferido la Vuelta a Polonia, y supongo que es porque tienen audencia (¿videncia?) que lo ve.

El primer domingo quedé con Pablo y Óscar -los ciclistas que había conocido el día de mi llegada a la ciudad- para subir a Patios, el Naranco de Bogotá. Y esta vez de verdad que la analogía no viene de mi obsesión por encontrar Asturias por todas partes. Las altimetrías de ambos puertos son muy parecidas, Patios un poco más largo, pero sin una curva tan cabrona como la de Los Monumentos.

En el alto se toma la tradicional aguapanela con queso y una arepita

El puerto se peta de ciclistas en domingo. Cienes y cienes de ciclistas de todos los tipos y colores: desde globeros a domingueros en vaqueros; desde pepinísimos a fierros; desde alevines impetuosos a un paisano de 84 años al que llaman El Abuelo, que baja como un loco saludando a diestro y siniestro. Cada uno a su ritmo pero todo el mundo apretando. Me encantó.

Pablo y yo humillamos a uno que se picó con nosotros, que mientras  subíamos ligeros charlando jovialmente y sin despeinarnos, él intentaba pasarnos una y otra vez sudando la gota gorda y visiblemente herido ante la vista de mi bici y mi atuendo de calle. También me encantó.

Otro día Pablo y Óscar me hicieron una visita en carro por Bogotá y me llevaron a una movida de un tío que hace ropa de bici barata y buena y que es muy largo de explicar.

En uno de mis paseos encontré este cartel en el gran parque de la ciudad, el Simón Bolívar.

No entendí muy bien que anunciaran ciclomisas con una señal de prohibido. Supuse que querían decir lo contrario y el segundo domingo tuve que ir a verlo, claro. Mas ¡oh desilusión!, no era sino publicidad engañosa, un señuelo para captar clientes. Los que iban en cicla la dejaban aparcadita y los feligreses no comulgaban haciendo un caballito ni se bendecían bicis a la salida de misa. Y claro, nada de parábolas ciclobíblicas, que me habrían venido muy bien para mi nueva cosmovisión del cicloviaje.

Bego, que tiene el culo pelado de vivir en el trópico, dice que mis males (que, por cierto, no se han vuelto repetir) pueden ser debidos perfectamente a un parásito del digestivo. Que la aleatoriedad de síntomas es propia de algunos de estos bichos. Así que nada, cuando vuelva le pediré a Dani que me haga un análisis de popó para salir de dudas. Cuando se tiene un amigo informático se le da la brasa para que le arregle el ordenador. Cuando se tiene un amigo BIR, se le da la caquita para que la mire. Así es.

Por si a alguien le interesa, Anna, valenciana residente en Bogotá, ha publicado un comentario en la entrada anterior explicando los motivos de las Farc. Gracias Anna.

Mi idea era haber estado una semana en Bogotá. Al contrario que en la primera etapa del viaje, donde me costaba mucho arrancar de los sitios, en esta nueva me pasa lo contrario. En cuanto llego ya quiero marchar. En Bogotá no fue tan así, aunque sí que me habría bastado con una semana. Pero resulta que Camila, amiga valenciana (del entorno del Pinball, claro) de origen colombiano, estaba por aquí. Aunque no exactamente aquí sino en una finca de su familia en Los Llanos. Como allá tenía poca cobertura no pudimos ponernos de acuerdo para pasar yo por allí. Una pena, porque esas fincas de ganado de miles de hectáreas que hay por Latinoamérica son muy interesantes y, además, yo tenía muchas ganas de visitar El Llano.

Al final esperé a que ella y su mozo llegaran a Bogotá, lo que supuso alargar la estancia en la ciudad una semana más. Aunque sólo nos vimos durante un día y medio, mereció la pena. Además, su primo nos llevó al club de polo donde tiene sus caballos. Muy interesante. Muy exclusivo, sí (entre otras cosas hacen falta 6 caballos buenos por jugador), pero también muy interesante.

Una curiosidad. Un día pasé por una calle que estaba llena de este tipo de puestos.

Resulta que mi gps tiene desde hace mucho el cristal (o lo que sea eso) rayadísimo y para poder verlo bien tenía que lamer la pantalla. Se me ocurrió que podía probar a ver si quedaba bien, aunque he de admitir que con poca confianza. Volví a los pocos días, le di el gps al fulano, admiré complacido su profesionalidad cuando puso cinta carrocera en todo el perímetro de la pantalla y me eché las manos a la cabeza cuando vi que la rayaba a conciencia con un papel de lija.

Me contuve, observé y quedé flipando con el resultado.

El ostión, que ya traía yo de casa, no se quita con una pulidora.

La ciudad me gustó, pero hay dos cosas que me impedirían radicalmente vivir en ella:

  • Cosa nº 1: Siempre, absolutamente siempre, está nublado. Claro que sólo fueron dos semanas y que no tienen por qué ser representativas, pero por lo que me dicen está así casi todo el año. De hecho, en cualquier servidor de mapas de internet es imposible ver la ciudad porque en todas las fotos está nublado.

Hubo una tarde que salió el sol y bajé rápidamente a un parque cercano a que me diera un poco en la cara. No ver el sol implica también que Bogotá es una ciudad húmeda y fría, más cuanto más cerca de la Cordillera, en el Este, donde el sol tarda mucho en dar por la mañana. Por ejemplo en La Macarena, el barrio donde viven Bego y César. Las mañanas de Tour eran con mantita.

  • Cosa nº 2: Hay un clima general de mucho miedo por la delincuencia. En ningún otro sitio me lo he encontrado así de jevi. Ningún residente se desplaza a pie a partir de cierta hora, sea en el barrio que sea. Siempre hay alguien que te recomienda no pasar por tal o cual barrio en tu camino. Los del norte de la ciudad opinan que el centro es peligrosísimo, incluyendo mi barrio, que a mí en cambio me pareció muy tranquilo y encantador.

Se ven basuqueros (el equivalente al yonqui ibérico de los 80, aunque con más energía) por todas partes, sí, pero van a lo suyo. Yo no tuve ningún problema ni lo vi cerca, pero el caso es que casi todo el mundo que vive en Bogotá desde hace un tiempo ha sido atracado al menos una vez.

A mí no me mola nada esta atmósfera de miedo. Ya lo vi en otras ciudades a lo largo del viaje, pero nunca como aquí. Probablemente uno se acostumbre a esto, pero no poder pasear tranquilo y tener que inspeccionar una calle antes de entrar en ella o vigilar con el rabillo del ojo al jovenzuelo que está caminando detrás me parecen un agobio.

Después de esas dos semanas, partí de nuevo en bici hacia Suesca, una zona de escalada en la Sabana de Bogotá, unos 80 km hacia el Norte.

Dani, te debo un tupper.

Muy curioso esto del laboratorio de dopaje en un centro de alto rendimiento

¿Nadie se lo habrá dicho?

Otro oxímoron

Lo de “eco”, que parece una coña, es “Empresa Colombiana de”. Lo de la iguana feliz sí es una coña

Por los pelos

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acojonante
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