69-Popayán-Bogotá

Que cada perro se lama su p**o

Después de 3 días en Popayán partí. Había hablado por fin con Bego, amiga de Oviedo de la época del isti y residente en Bogotá desde hace 4 años. Me dijo que el 10 de julio se iba a España, lo que me decidió a variar mi ruta y, en lugar de explorar el suroccidente colombiano (Cali, eje cafetero, costa pacífica…), me dirigí a Bogotá, más o menos en el centro del país.

Para eso tenía que volver a cruzar en sentido contrario (hacia el Este) la Cordillera que acababa de pasar hacía apenas unos días. Desde que retomé el viaje en Tumbaco estaba decidido a no tomar medios de transporte que no fueran mi bicicleta, pero no me apetecía nada meterme toda la subida otra vez, principalmente porque asumía que los paisajes iban a ser iguales que los de unos días antes. Esta vez elegí otra carretera que cruzaba el Páramo apenas unos kilómetros más al norte y los primeros 30 km eran comunes a mi ruta de llegada a Popayán.

Cogí un microbús bastante destartalado. A la salida del terminal (estación de buses) nos paró la policía. Empezó a examinar el autobús con mucho detenimiento y encontró que faltaba un tornillo en 3 de las 4 ruedas, que no funcionaban los limpiaparabrisas e insistía en que el equipaje olía a marihuana; incluso le olió las manos al conductor. Me sorprendió gratamente el celo que ponen las autoridades colombianas para garantizar nuestra seguridad en la carretera. Pero después de un rato van y nos dejan seguir. Confundido, le pregunté al conductor y me dijo tranquilamente que la tardanza se debía simplemente a que estaban negociando el precio.

Subimos hacia el Páramo con continuas paradas para hacerle apaños varios al motor y nos encontramos con otro de la misma empresa que llevaba varias horas parado por una avería que ya no aceptaba apaños. Cuando comprobé con sorpresa que el paisaje era muchísimo más guapo que el camino que yo había hecho, le dije al conductor que parara porque yo me bajaba allí. Continué en bici y flipé mucho.

Esto ya lo comenté en la entrada anterior pero lo recalco aquí y que os enteréis todos: la ruta entre Popayán y La Plata por Coconuco es mil millones de trillones de veces más guapa que la de San Agustín y el firme sólo es un poco peor, al menos desde un punto de vista ciclístico.

A mí es que los helechos arborescentes me vuelven loquito

Un cabazo ¿no?

¡Delisiosísimo! Dulce de leche con una capa inferior de dulce de guayaba con queso y panela. Acojonante

Y esto también. Guarapo: jugo de caña granizado

Y esta mongolada para Pedro

Desde que entré en Perú, zona gallera, tengo muchas ganas de ver una tarde de pelea de gallos; no sólo las peleas, claro, sino también el ambientillo. Ecuador también es gallero, aunque depende de las zonas y Colombia es donde más se practica el tema. Pero en general las riñas son en domingo y aunque me he encontrado con muchas galleras y criaderos de gallo, nunca me coincidió que estuvieran jugando.

Cuando pasé delante de esta gallera y vi que el dueño estaba haciendo cosas con los gallos, me paré a curiosear. Y a preguntar sin parar, claro.

En ese momento estaba afeitando con mucho esmero el pecho de un gallo joven. Me explicó que hay que hacerlo cuando están cerca de la maduración y que la piel del pecho, que es de un rosado claro -como los de la carnicería-, se pone más tarde tan rojo como la cresta (que, por cierto, les cortan para que el contrincante tenga menos de donde agarrar). Ese es el momento en que el gallo ya está bravo. Efectivamente, el resto de gallos que tenía por allí -atados todos en corto y bien separados- tenía el pecho rojísimo.

A otro gallo que tenía por allí y que había peleado el último fin de semana le acababa de arreglar una de las plumas largas de la cola, que por lo visto es muy importante, pero por lo que entendí sólo para que estén guapos. Me fijé en él y no lo vi muy magullado. Habría que ver cómo quedó el otro.

También me enseñó las espuelas (espolones artificiales que les ponen) y cómo se calcula la medida reglamentaria, según lo que le mida la tibia. Interesantísimo todo. Ahora sólo me falta emborracharme un domingo y apostar en la gallera.

En todo este tramo recurrí continuamente a las escuelas para acampar. La verdad es que son perfectas. A veces tienen enchufes por fuera y a veces los del pueblo me encienden las luces. Suelen tener una escalerita en la que sentarse y siempre una zona cubierta, imprescindible puesto que en los flancos de este ramal de la Cordillera llueve casi todos los días.

Y habitualmente están un poco apartadas, lo que quita ruido del (poco) tráfico y, muy importante, no es un sitio de paso para todo el pueblo y así disminuye la cantidad de gente que se acerque a curiosear y preguntar.

Aprovecho aquí para decir que, como llevo oyendo desde hace muchos miles de kilómetros (y comprobando alguna vez por mí mismo al conocer a algunos por esos mundos de dios), los colombianos son especialmente simpáticos. Hasta entrar en Colombia, una cosa bastante común a los habitantes del mundo rural de los anteriores países es que suelen ser bastante tímidos, parcos en palabras y, muchas veces personas totalmente indolentes y duras para comunicarse. Y lo son más en las zonas frías o desoladas que en las zonas cálidas o más habitadas. Esto se hace extensivo a los niños. Por supuesto, siempre hay excepciones en todas las edades y géneros.

Pero aquí en Colombia la timidez parece que no existe. Si en los otros países al final alguien siempre hay alguien que vence ese freno que tienen (le puede más la curiosidad) y tenía que contar mi historia continuamente, aquí en Colombia es un no parar. Incluso los niños son mucho más audaces y se acercan y preguntan con total desparpajo.

A mí me encanta hablar con la gente y no me importa contar exactamente lo mismo una y otra vez. Es más, me he dado cuenta de que casi me lo he tomado como una misión. Ya que no hago otras cosas, lo mínimo que puedo hacer es satisfacer la curiosidad de la gente que me encuentro/conseguir que tengan al menos un día diferente a los demás/que puedan contar algo nuevo al llegar a casa. Sin querer sonar pretencioso: convertirme en una ventana al mundo desde el suyo, que suele ser bastante pequeño. La mayoría no ha visto nunca antes un cicloviajero, otros han visto pasar alguno y otros incluso los han parado, pero eran gringos con poco español. Así que aprovecho que hablo su mismo idioma y me paro a la mínima y respondo: que desde España no se puede venir en bici; que acampo donde me pilla la noche; que sí, que voy solo y no tengo miedo; que no, que no prefiero andar en moto; que soy soltero y sin hijos; que el cuadro es de aluminio; que ya he cambiado 3 veces de cubiertas; que este libro que estoy leyendo no es la Biblia y hago como que me enfado cuando me dicen que la bici es muy buena y les respondo que lo bueno en realidad son mis piernas. Todo esto, con muy poca variación, lo he repetido miles (literalmente) de veces desde el comienzo del viaje.

Volviendo al hilo, aquí en Colombia son mucho más echados palante y aunque insisto en que hablo con todo el mundo, aquí es continuo y hay días en que por la razón que sea no me apetece tanto: cansancio, análisis y solución de algún problema de la bici, lectura, cena… A veces echo de menos esos espacios enormes vacíos de Bolivia o Chile donde sabes que eres la única persona en muchos kilómetros a la redonda. Allí siempre me he sentido muy a gusto, aunque es cierto que en cuanto llegaba a un sitio grande socializaba como un cabrón. Aquí te pasas el día charlando aquí y allá, que tampoco está mal. Creo que si hubiese hecho el viaje en sentido contrario habría sido más duro. Del calorsito rico y el colombiano cachondo al frío, el viento, la lluvia y el hierático patagón. Ufff.

Otra cosa que nunca he comentado hasta ahora es que en el campo les cuesta mucho entender que este es un viaje largo. Y aquí en Colombia también. Cuando me preguntan de dónde vengo (que, por cierto, es confuso porque puede significar 1. nacionalidad, 2. punto de partida inicial, 3. punto de partida esa misma mañana), muchas veces piensan que es cosa de un solo día. A mí me extraña que viéndome con tanto equipaje piensen que sólo voy de aquí al siguiente pueblo, pero entiendo que si no lo han visto antes, no tienen por qué saber que hay gente viajando en bici durante meses o años. También pasa que en general la gente no tiene ni idea de geografía y les da igual que digas España que la capital de su provincia, puesto que no se han movido nunca de su zona y no saben de distancias. Normalmente hacen más aspavientos si les digo que voy hasta la siguiente ciudad grande que si les digo que empecé en Argentina o que llevo año y medio.

Recuerdo que aquí en Colombia uno me preguntó de donde venía. Elegí la respuesta nº 1 y dije que del sur de Argentina. Y me pregunta: “¿a qué hora salió?”. Me parto.

ARREGLAR EL DE ARRIBA

Una cosa que me encanta aquí en Latinoamérica son los nombres de pila extranjeros fonetizados.

Anyi, Anyi, güen güill dous clauds ol disapiii-er?

Y, claro, no sólo fonetizan los nombres

Ya en el anterior tramo me tocó dormir en alguna comunidad indígena, que se llaman cabildos. Aparentemente no se distinguen en nada de cualquier otro pueblo, pero en cuanto me siento en la plaza rápidamente  aparece una pareja de “policías”, que son dos paisanos de pueblo portando sendos palos de colores. Me preguntan quién soy, les digo quién soy, hablamos lo de siempre, les pido permiso para dormir en el mercado o en la escuela y me lo dan.

Casi en el llano del Río Magadalena me gustó especialmente una escuela donde dormí. El día siguiente me hice el remolón, me dio la hora del calor y decidí quedarme todo el día.

Esto es una cosa que echo de menos de toda la anterior etapa del viaje. En Chile, Argentina, Bolivia y lo poco que hice de Perú siempre encontraba lugares deshabitados lindos e interesantes donde me podía quedar el día entero y dar paseos, incluso perdiendo de vista el campamento. Desde que salí de Tumbaco esto es imposible: en la zona ecuatorial hay gente por todas partes. Aunque me quede alejado de los pueblos y fuera de los caminos principales, sé con seguridad que siempre hay alguien cerca y que alguien va a pasar por donde estoy. Y precisamente el alejarme de la ruta principal pero aun así ser visible, no me siento tan seguro como en esos paisajes enormes y deshabitados de los que hablo.

Sin embargo, no lo echo nada de menos cuando por la tarde, al empezar a pensar en parar, puedo comprar un yogur y fruta (y no cualquier fruta, no, fruta tropical bonita, jugosa y riquísima) para el desayuno. Aquí hay tiendas cada poco, al contrario que en la mayor parte del trayecto anterior, donde para empezar aunque hubiera tiendas (que no las había), no tenían fruta. Por cierto, tengo en el horno una entrada hablando de las frutas de Colombia, que es que esto no ye normal.

La escuela, con sólo tres casinas en las cercanías y un porche muy agradable, me encantó como para pasar un día completo y dos noches.

El día siguiente por la mañana un paisano me dijo que la selección española había pasado a la final de la Eurocopa. Era jueves y la final se jugaba el domingo y me quedaban 400 km hasta Bogotá. Decidí que llegaría a casa de Bego a tiempo para ver el partido. Los dos días siguientes hice 100 km cada uno, casi siempre por destapado (tierra), aunque bastante llano. El tercer día, después de 60 km matadores por una pista muy mala que cruzaba una zona desértica (La Tatacoa)

Los cactus sobre el tejado de zinc (caliente)

decidí que tenía que pasarme al asfalto porque si no, no iba a poder llegar. Estaba recorriendo el valle del Río Magdalena, que es el que separa los dos ramales de la derecha (mirando hacia arriba) de la Cordillera. El río está a 250 m de altitud y Bogotá a 2600. Ese tercer día hice la etapa más jevi hasta el momento de todo el viaje: 60 km de destapado llano, 40 de asfalto en falsos llanos continuos con viento por la derecha donde se formaron algunos abanicos pero al final nada, y una llegada en alto con 1500 m de desnivel hasta la bonita localidad de Fusagasugá, patria de Lucho “El Jardinerito” Herrera, el único colombiano (hasta ahora, a ver ese tal Rigoberto Urán que en el Giro se salió) que ha ganado una gran vuelta, la Vuelta a España de 1987 con aquel Café de Colombia y sus escarabajos.

Acabé llegando a la meta como farolillo rojo a las 21:30 y, sorprendentemente, no demasiado cansado. Es más, ese día me sentí bastante titán y me dio la impresión de que si hubiera tenido que hacer otros 100 km en subida, los habría hecho. Habría que verlo, claro.

Esa noche dormí en el lugar más sórdido hasta el momento. El garaje de un edificio en construcción abandonada en medio de la ciudad. Por la noche hubo bastantes ruidos en el piso de arriba, pero nadie bajó hasta donde estaba yo.

De noche tiene peor pinta

Aunque bueno, este otro en plan Línea Maginot tampoco estuvo nada mal.

Por la mañana encaré la subida de San Miguel, que separa Fusa de Bogotá (1200 m de desnivel). Aquí se dice que fue esta subida la que le valió a Lucho Herrera para ganar la Vuelta, varias clásicas, la montaña en las 3 grandes vueltas y varias etapas en cada una de ellas. Era domingo y flipé con la cantidad de ciclistas que había. Cientos y cientos que me iban adelantando o que me cruzaba.

En la segunda subida de las dos que tiene San Miguel un ciclista se puso a mi lado y comenzamos a charlar y ya no paramos hasta que llegamos al alto, donde se nos juntó su compañero y me invitaron a un aguapanela con queso. Pablo, que había estado viviendo una temporada en España, y Óscar, su amigo. De ambos volveré a hablar.

Cuando bajamos por el otro lado y llegamos a Soacha, donde tenían el coche, me ofrecieron llevarme hasta casa de Bego. Bueno, en realidad no me dieron mucha opción. Me vino de puta madre porque así no tenía que chuparme la entrada a una ciudad de 8 millones de habitantes e, importante, llegaría a tiempo para el partido.

En esos 4 días hice 400 km, a una media de 100 diarios y con el etapón de 130 km del tercer día. Estoy motivado con el viaje y el pedaleo y me siento muy muy fuerte (ya sé que Posi dirá que eso hay que verlo), pero sin duda la ligereza del equipaje influye muchísimo tanto en la motivación como en poder hacer machadas. Sigo deshaciéndome de cosas, cada vez menos porque cada vez tengo menos. Lo malo, por cierto, de llevar cada poco peso es que los incrementos se notan mucho más. Ahora llevar las dos botellas medio vacías o medio llenas hace diferencia. ¡Y pensar que he llegado a llevar hasta 8 litros!

Me deshice del palosujetabicis y me despedí finalmente de mi silla, que tantos momentos de reposo y reflexión me regaló. La dejé en una cuneta -abierta para que se vea que aún sirve- y ya la eché de menos en la siguiente parada.

Ella nunca lo haría

Por cierto, un día en Ecuador conocí a un argentino que llevaba el armazón de una silla a modo de cagadero portátil. Menudo sibarita.

Llegué a casa de Bego recién empezado el partido, conocí a César, mozo de Bego, y a José Martín, hijo de este último, me duché y fuimos rápidamente a casa de unos amigos a ver el segundo tiempo. En la casa había como 20 personas, entre españoles y sus consortes y juntos saboreamos la gloria balompédica. Pero mi gloria particular fueron el vino español, el jamón, el lomo y la tortilla de patatas (con cebolla) que comí cual  Lazarillo: de tres en tres.

Y los goles de Villa los más guapos, como siempre.

Aquí también lo llaman “El Sapo”

¡Valderrama!

¡¡¿¿MÁQUINA DEL AMOR!!??

Aquí la garuya está jodida: sapas son unas trampas hechas con escopetas

Esta para Casca

Con este ya no hay duda: un mono-pato con cola de serpiente (desmembrado)

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Acerca de srsuave

acojonante
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Una respuesta a 69-Popayán-Bogotá

  1. G dijo:

    Sr. Miguel!!! en Ttec ya me dieron el pie hace unos días para un posible “Del Naranco a los Andes 3″… ya te contaré por mail! Un abrazo gigante, G.

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