67 – sábado 9 de junio de 2012 – Oriente de Ecuador

Como me daba cosa irme de Ecuador directamente hacia Colombia sin conocer un poco el país, decidí que haría el cruce de frontera por el Oriente, buscando un paso poco frecuentado. Comme d’habitude, con la intención de ver cómo vive la gente donde no hay asfalto, para evitar el tráfico y porque tengo la idea (con poco fundamento) de que si no hay asfalto, los paisajes siempre son más guapos.

Pero para ir hacia esa frontera quise alargar la ruta un poco y me dirigí hacia el Sur para dar una gran vuelta por el Este y virar al Norte, hacia Colombia.

Salí de la casa de los Dammer con ese dolor en la rodilla izquierda -cuya causa solucioné bajando y adelantando el sillín, que había movido durante estos meses de inactividad- y muy cansado del día anterior. Sólo habíamos hecho 35 km, pero Cass y Arthur, aunque llevaban parte de mi equipaje, habían impuesto un ritmo demasiado fuerte para mí.

Pero bueno, lo importante es que ya estaba solo y en marcha, hacia tierras ignotas.

En el norte de Ecuador los Andes se bifurcan. Quito y Tumbaco, por ejemplo, se encuentran en un altiplano (que no es nada plano, pero es un valle elevado por encima de los 2500 m) atrapado entre ambos ramales de la Cordillera. Por el Oeste de la cordillera occidental, las ladera bajan hasta El Chocó, la planicie ultralluviosa previa al mar. Por el Este los valles descienden abruptamente y comienza la gigantesca llanura de la cuenca del río Amazonas. Toda el agua que se recoge en este lado de los Andes termina en el Amazonas y para mí es cosa muy de maravillarse estar a sólo 250 m de altitud cuando a toda esta agua todavía le faltan 6000 km para llegar al Atlántico.

Más fácil que hablar de orientes y occidentes es poner el perfil de todo este tramo, desde Quito hasta la frontera con Colombia.

En lo que a mí concernía, para ir hacia el Oriente tenía que superar el ramal derecho de los Andes. Desde los 2600 m de Pifo, me quedaba una subida hasta los 4100 m del Paso de la Virgen. Ese primer día, cansado como estaba, me quedé a dormir en los 3200 m, tras apenas 11 km, pero ya saboreé de nuevo la rutina del viaje en bici: buscar sitio no demasiado malo para dormir, cocinar espaguetis toooodos los días, dormir con un ojo abierto, reciclar la ropa, cagar detrás de un matu y tener las uñas negras permanentemente. Una gozada.

Los días siguientes tuve algunas de las sensaciones del principio del viaje en Tierra del Fuego, hace ya casi un año y medio. Luego ya se me quitaron, pero al principio fue muy curioso. Creo que mucho fue a causa de los cambios en el equipaje. Como me dediqué principalmente a deshacerme de cosas, casi todos los días repensaba la distribución del equipaje, que es algo que se hace siempre al comenzar un viaje. Y estar viajando por un tipo de paisaje desconocido -contando con que mi último pedaleo había sido por zonas muy áridas en Bolivia y en Perú- también me obligaba a repensar muchísimas otras cosas: desde descubrir el carácter de los lugareños y la mejor forma de entrarles o la manera de conseguir agua, hasta qué comida hay en las tiendas o qué tipo de lugares son buenos para acampar. A los pocos días todo esto se convierte en rutina, pero al principio hay que ir tanteando hasta encontrar la mejor solución para todas las pequeñas cosas del día.

El segundo día ascendí sin ningún problema los 900 m que me quedaban hasta El Alto. Los últimos kilómetros de ascenso fueron muy duros a causa del viento casi patagónico que venía del otro lado -más fuerte cuando más cerca del collado- y la lluvia fuerte y helada. Aunque estemos muy cerca del ecuador, a 4000 m, con mal tiempo, hace un frío que pela. Pero con lo motivado que andaba (y que ando) lo disfruté muchísimo.

Todas las zonas altas de la Cordillera en estas latitudes se llaman El Páramo y despiertan cervales temores entre los habitantes de las zonas bajas cálidas.

Como su nombre indica son zonas desoladas, muy frías y húmedas, de nieblas casi permanentes, con una vegetación rala muy especial y supersilenciosas. Muy guapas. En los varios cruces de Cordillera que hice, los lugareños de las zonas bajas me preguntaban cómo había hecho para cruzar El Páramo, como si viniera del polo norte. Allí no vive nadie ni se explota para ganadería. Claro, para ellos, que van en camiseta todo el año, esto sí que es polar.

A medida que se desciende se entra en zonas de bosque húmedo y frío, que tampoco está habitado ni explotado. También guapísimo.

Y luego la temperatura comienza a subir, la humedad y la lluvia se mantienen y ya se encuentra gente.

Llegué al alto completamente empapado y como soy mongolín, me dio pereza cambiarme la ropa mojada y en lugar de eso me puse abrigo por encima. En la bajada por el otro lado me quedé tieso. Decidí parar cuando para frenar me veía obligado a mirar la mano para ver qué estaba haciendo porque había perdido totalmente la sensibilidad en pies y manos y había empezado a temblar.

Me refugié en el techado de un chamizu, me cambié de ropa y me metí en el saco. Al poco salió una niña y sin decir palabra me dejó un té caliente y un bollo de pan y desapareció. Acojonante.

Luego, ante mi insistencia fueron saliendo los demás niños hasta un total de tres y, aunque muy tímidos al principio, estuvimos dos horas charlando y haciéndome jugar a las adivinanzas y a otras cosas.

Aquí hago un inciso: mirando las estadísticas del blog observo con interés que prácticamente nadie ha mirado el mapa sonoro. Aquí con los niños grabé un trozo de la conversación y lo colgué. Yo no obligo a nadie a nada, claro, pero ahí está por si alguien tiene curiosidad.

Cuando estaba a punto de marchar, repuesto del frío y muy contento por el encuentro, los niños me preguntaron si creía en Dios. Glups. Ya me ha pasado varias veces y me cuesta mucho responder y me hago un lío. Estos lo que querían era saber si me importaba que rezaran una oración a Diosito por mí y por mi viaje. Les respondí que por supuesto que no me importaba y que muchas gracias. Y allí cerraron los ojos y rezaron uno por uno en plan evangélico. Me prestó mucho.

Ese día se me hizo de noche en la bajada y al final acabé acampando en lo menos malo que encontré: una casa en construcción pegada a la carretera, con tráfico continuo diurno y nocturno de camiones enormes hacia la zona petrolera del Oriente de Ecuador. Me puse los tapones, que quitan el ruido de los camiones pero también cualquier otro ruido y no mola. Dormí como un niño de teta.

Por la mañana llegó el dueño, don Gustavo, que venía a dejar leche para que se la llevara el camión. Me invitó a leche todavía tibia y me preguntó por absolutamente todas las cosas de acampada. Le mostré cómo funcionaba todo y le invité a un café (con leche).

A partir de ahí ya me tocaba desviarme hacia el Sur para hacer la gran vuelta que pretendía. Pasé por varios pueblos más o menos grandes, me alojé en el hotel de Twin Peaks,

estuve en una feria del cacao que pensé que iba a ser una locura y al final no invitaban a nada, y finalmente me desvié hacia el Este, siguiendo el curso del Río Napo por caminos de tierra, internándome en lo que yo creía que era la Amazonía.

Puerto Napo

Por aquí también comen cuy. Qué riquinos son cuando están vivos y correteando. En el plato son otra cosa

A pesar de ser una de las dos zonas principales de producción de cacao de Ecuador, no fui capaz de comprar chocolate local en ningún sitio. Ni del de hacer ni del de comer. Sólo se venden el colacao nacional y chocolate Nestlé. Una pena.

Una curiosidad es cómo secan las pepas del cacao. Esto se ve por todas partes.

No sé qué tal le sentarán los vapores del alquitrán al cacao

Yo no sé si esta Amazonía no es la de verdad por estar todavía cerca de las montañas, pero me decepcionó bastante en el tema fauna. Llevaba toda la vida pensando que en cuanto uno se mete en la Amazonía es un sindiós de ver pájaros de colores, insectos raros y enormes, flores increíbles, ruidos de animales por todas partes, monos que te roban al menor descuido… Nada de nada de nada.

  • Apenas se oyen algunos pajarinos durante el día y quizás un poco más al amanecer y al atardecer, pero no mucho más que un día de verano en una carbayera asturiana. El bosque es tan tupido que es prácticamente imposible ver cualquiera de los pocos que cantan que se encuentre medio metro metido en él. Sólo los que cruzan el camino son visibles durante un instante.
  • Hay pocos insectos, también como un verano asturiano. O sea, poquísimos. Por no haber, no hay casi ni luciérnagas, que es algo que le da mucha vidilla a la noche. Eso sí, mucha variedad de los que pican, aunque menos abundantes. De hecho, la mayoría pican sólo en los pies y hasta la altura del tobillo, así que con usar calcetines largos al atardecer (que no apetece mucho con este calor) libras, aunque lleves pantalón corto. De todas formas, al loro con los que veo en la carretera:

Esa  mirada revirada y esa sonrisita… sólo puede ser la mismísima Kaa 

Un meruco de a kilo

  • Los árboles y las plantas son bastante normalucos. Y nada de flores, sólo algunos arbustos en flor aquí y allá. Aunque los helechos arborescentes son especialmente guapos.

Y, bueno, digo que los árboles son normalucos pero no lo son, claro. Me refiero a que no encontré ninguno especial o enorme de esos que hacen falta no sé cuántos hombres para abrazarlos.

  • Sólo vi monos atropellados, muchos. Hasta que identifiqué los cadáveres como monos me tuvieron en vilo bastante tiempo. No entendía esos bichos aplastaos con pelo pero con un rabo escamoso, parecidísimo a una serpiente. Parecía uno de esos animales de la Fauna Secreta de los profesores Von Kubert y Ameisenhaufen. Al principio pensé que eran un mamífero y una culebra atropellados en el mismo sitio. Al tercero que encontré ya me pareció demasiado raro, revolví un poco y conseguí identificar que eran monos. Pero los rabos, al menos después de aplastarlos los coches son parecidísimos a culebras.

Todo esto hizo que me desencantara un poco con la Amazonía. No pude evitar compararla todo el tiempo con la Chiquitanía, donde tanto flipé. Allí se siente la vida a cada paso que das. Tanto si estás en la carretera principal asfaltada, como en un camino, como en un pueblo, el bosque te hace saber que está ahí y te llama cual coro de sirenas a Odiseo.

En este sentido la Chiquitanía le da mil vueltas a la Amazonía que yo conocí. Aquí no hice más que pedalear cientos de kilómetros bastante llanos por caminos que, aunque parcheados aquí y allá con aldeas o casas dispersas y algunos cultivos, estaban cerrados por una muralla verde impenetrable a cada lado. Los árboles no me dejaron ver el bosque.

Sin embargo, aquí la vegetación es acojonante. Si bien digo que no hay movimiento de animales, por el contrario sí se percibe movimiento en el bosque. Poniéndole un poco de imaginación, claro. Aquí, por ser perennifolios, todos los árboles tienen mezcla de hojas viejas y hojas nuevas, con ese verdor fresco y lujurioso (y la lujuria a estas alturas de viaje…) tan guapo. Continuamente oyes crujidos de ramas o árboles viejos que se caen. El agua es un rumor constante, hay ríos, arroyos, regueros y charcas por todas partes.

Con lo que llueve por aquí, los ríos suelen bajar chocolate

Cada poco me encuentro con argayos relativamente recientes. Sí que da la impresión de un movimiento constante. Casi parece que si te fijas con atención puedes ver cómo crecen los árboles, los arbustos, las lianas, la hierba… Eso mola.

Probablemente me decepcionó porque tenía expectativas demasiado altas en cuanto a fauna, pero eso no quiere decir que no me molara. Pasear entre bosque siempre es agradable. Además, de vez en cuando el camino onduleaba y se elevaba, y tenía vista muy guapas.

Jardines verticales

Y las mariposas también son un flipe. En la Chiquitanía las guapas eran las nocturnas, las polillas. Aquí las diurnas.

Abierta y cerrada

Esta última foto me agrada bastante.

Isa, estas son para ti, claro 

He llegado a la conclusión de que no he visto la verdadera Amazonía, que me he quedado en la periferia y que, efectivamente, más al interior el bosque es como lo imaginamos desde guajes. Me queda la cosa de no haber podido dormir metido en el bosque, aunque fuera cerca de la carretera, pero es que no encontré ni un solo sendero por el que meterme. Parece que no existen. O que no supe encontrarlos. Los únicos ramales son del ancho de un coche y siempre mueren en casas. Y si no hay sendero, la única manera de entrar en el bosque es machetear desde el primer centímetro. Es de causar mucho asombro la cantidad de plantas que hay por metro cuadrado. Un marabayu de la virgen en el que sólo se puede entrar abriendo trocha. Y es una cosa que habría hecho sin dudar si el bosque me hubiera motivado un poco más. Pero no lo hizo.

Me voy con la sensación de haberme perdido algo. Algún día sí que me molaría hacer algo en la selva un poco más en serio. Aunque si pudiera elegir sería en la Sierra de Huanchaca, en Bolivia, que eso sí que tiene que ser una locura. Me temo que, al menos en este viaje, esta fue la última oportunidad de disfrutar el bosque húmedo tropical.

Otra cosa muy buena de aquí es la temperatura. A diferencia de la Chiquitanía, donde el calor, aunque seco, es muy salvaje, aquí rara vez hace un calor insoportable. Sólo cuando se despeja a mediodía y el sol cae de plano te derrites, pero esos eventos son raros, porque la mayor parte del tiempo está nublado o lloviendo. Hay una humedad altísima constante que sin sol es muy agradable. Y la lluvia, que cae todos los días y sin atender a horarios, es incluso prestosa. Lo más usual son lloviznas tipo orbayo, aunque con menos cantidad de gotas, que con el calor que hace te refresca pero casi sin mojar. Rico. Luego hay otros días que le da por llover duro y ya no es tan chévere. Por ahí he leído que en esta zona caen entre 4000 y 8000 mm anuales, que es una barbaridad. Pero eso, que en general el tema de la lluvia, que es una constante, a diferencia de la fase anterior del viaje, no me molestó nada. Y a la gente que vive por aquí tampoco. Hacen vida normal bajo la lluvia y no caminan con la cabeza encogida entre los hombros aunque esté cayendo un chaparrón.

Sin embargo, algunos días sí me tocaron despejados. Por diversas razones, hubo algunos en que no me refugié al mediodía sino que continué pedaleando toda la jornada. Aparte de beber agua como un camello, llegaba absolutamente desfondado al final de etapa. En esas ocasiones me acostaba a las 18:30, en cuanto se hacía oscuro, y no lo hacía antes porque dormir de día en una zona bastante habitada me da un poco de respeto. Hubo un día que dormí 12 horas del tirón de puro agotamiento.

Las casas de la selva suelen estar separadas del suelo, cual palafitos u hórreos. Supongo que es para que se ventilen también por abajo.

Poco a poco empecé a evitar dormir con la tienda al raso y buscar siempre algún sitio atechado. Para evitar el calor del mediodía, que aunque esté nublado un poco siempre sofoca, empezaba a pedalear entre las 6 y las 7 de la mañana y a veces antes. Como siempre (SIEMPRE) llueve en algún momento de la noche, por la mañana la tienda está mojada y aún no hay sol para secarla. O me la llevo mojada, que no mola, o empiezo más tarde. O duermo atechado y me independizo.

Otro día dormí cerca de una casa y luego moví el campamento hasta ponerme junto a ella porque a la familia le daba cosa que durmiera donde yo me había puesto. Me invitaron a comer yuca y me dieron naranjas y caña de azúcar recién cortada para chupar. Y me reí mucho con Évelin.

Por los caminos que me metí no hay puentes para pasar los grandes ríos, pero hay canoas-taxi que por un precio módico (normalmente 1 $) te cruzan, aunque hay que esperar a que se llenen. En realidad hay mucho tráfico de canoas, porque hay un montón de pueblos a los que sólo se llega por el río. Los niños van al cole en unas canoas-autobús, un poco más anchas, que recorren el río por las mañanas recogiéndolos en cada casa o aldea.

Cuando los ríos cortan carreteras importantes, en lugar de canoas hay unos ferrys que pueden llevar incluso camiones de 4 ejes cargados. Es muy curioso que mueven todo eso con un solo motor fueraborda. Además, en este cruce tienen que hacer una maniobra extrañísima y superprecisa a causa de la corriente, que es muy fuerte, yendo río arriba para luego dejarse arrastrar mientras encaja el ferry entre los que ya hay atracados.

Tira que libras

En el primero que tuve que cruzar, el río Napo, que es el principal afluente ecuatoriano del Amazonas, la hija del motorista me dijo que visitara su comunidad, unos pocos km río abajo, junto a un hotel de superlujo donde ella trabaja. Me invitó a desayunar y luego su padre me enseñó la aldea y me terminó de cruzar el río.

Una cosa que me pareció muy curiosa y me hizo mucha gracia en toda esta zona de selva es que cuando preguntaba por ahí cómo era de segura la zona para acampar, casi siempre me decían que allí era sano (seguro), pero que unos pocos km más allá vivía mala gente. Y cuando llegaba donde los malos me repetían lo mismo. Al final es sano en todas partes, claro.

Durante todo este trayecto no me dejó de doler la rodilla. No empeoraba pero tampoco mejoraba mucho, que aunque ya sé que es síntoma de estar curándose, siempre te queda la cosa de si la estarás jodiendo definitivamente. Esos días alterné etapas largas con cortas. Un día me dolía un poco menos, me emocionaba y apretaba; el día siguiente me costaba caminar por el pueblo, me acojonaba y avanzaba poquísimo. Lo curioso es que la rodilla no me duele nunca al pedalear, sino sólo al caminar. A día de hoy (un -ejem- mes después) todavía tengo molestias.

Para dirigirme al paso de frontera que yo había elegido tenía que pasar primero por Lago Agrio, la ciudad del Oriente por donde va la carretera principal y donde está la única oficina de Migración de todo el oriente de Ecuador. La idea era sellar el pasaporte ahí y luego continuar hacia mi paso. Allí un policía me dijo que la frontera abría a las 6 en punto de la mañana. El día siguiente estaba allí a las 6 y cuarto y un cartel decía bien clarinete que entre semana abre a las 8 y el domingo a las 9. Era domingo. Me cagué en rós y la ofuscación y el cabreo hicieron que no me diera la gana de esperar tres horas a que abrieran, contando con que podría arreglar la salida de Ecuador y la entrada en Colombia en alguna ciudad grande, aunque tuviera que dar vueltas por el proceloso mundo de las ventanillas de consulados y embajadas. Error, gran error.

Aparte de que el sol cae a plomo en las horas centrales del día, otro efecto de estar tan cerca del ecuador es que el día dura exactamente 12 horas todo el año, lo que significa que anochece a las 18:30 más o menos y amanece un poco antes de las 6:00. A mí no me gusta mucho, porque por poco que se alargue la jornada, en cuanto acampo oscurece y no da tiempo a disfrutar la tarde.

El día que me tocaba cruzar el ecuador estuve pendiente del gps para ver cuándo me encontraba en la latitud cero. Me hacía una ilusión un poco infantil estar ahí, con un pie en cada hemisferio, y quería comprobar que un palo no hace sombra a mediodía. Pero cuando me faltaban 6  minutos (geográficos) para cruzarlo se me fue la pinza y ya no me volví a acordar del tema hasta el día siguiente. Mecachis.

Una cosa que me tuvo muy preocupado durante toda mi estancia en Ecuador y a la que dediqué bastante tiempo y ganas fue la búsqueda del Aceite Sabrosón. Durante los 50 días que pasé en el país, absolutamente todas las veces que entraba en una tienda (mínimo una vez al día) iba directo a la estantería de los aceites para buscarlo, pensando que podría encontrar no sólo el aceite sino incluso una flamante publicidad de cartón con Delfín Quishpe a tamaño natural y poder hacerme la foto o alguna pijada para el blog con el bailecito (baila el patacón, salta el camarón…). Incluso fui específicamente a supermercados alejados y de distintas cadenas. Pero nunca lo encontré, ni una sola vez. Un poco frustrante, la verdad. Al final no sé si es que sólo se vende en otras zonas del país o algo mucho mejor: que no existe y es una patraña buenísima que alguien se inventó y puso en internet. El aceite tiene incluso página web, aunque parece hecha por el sobrino del dueño. No sé.

A los que no conozcáis a Delfín Hasta El Fin os aconsejo que empecéis por el vídeo de las Torres Gemelas, en el que rinde homenaje a tantos y tantos hermanos ecuatorianos que perdieron la vida en el terrible atentado.

Por cierto, que estando un día con un grupo de quiteños hice una gracia con lo del aceite Sabrosón y uno me respondió con cajas destempladas que no le molaba un pijo que esa fuera la imagen del Ecuador. El resto ni siquiera sabían quién es Delfín. No la volví a repetir, claro.

Algo que me llevan repitiendo sin cesar durante todo el camino es que tenga mucho cuidado en ese paso de frontera, que es zona de guerrilla y que ahora está todo muy caliente y que te van a secuestrar y esto y lo otro. A ver, es cierto que parece que últimamente las FARC están haciendo más ruido -aunque también cabe la posibilidad de que en los medios internacionales sea “el trimestre FARC de antes del verano”- y que en el Putumayo, la región por la que voy a pasar, es donde hace poco secuestraron a un periodista francés. Pero estas cosas pasan muy adentro en la jungla y este caso concreto del francés fue un poco raro porque, según parece, en plena refriega el periodista se quitó el casco y el chaleco y corrió hacia las FARC. Aparte de que el gobierno colombiano se empeña en que utilicemos la palabra “secuestrados” que da más mal rollo que “prisioneros”, que se parece pero no es igual, aunque sea la misma putada.

No es que esté quitándole hierro al asunto guerrillero, sino que estaba convencido de que por donde yo pasaría no es tan jodido y que, en todo caso, un ciclista solo español no les interesa para nada.

50 km antes de llegar al río que hace frontera hay que pasar por un control militar. Me pararon, me preguntaron mucho, registraron mi equipaje “por mi seguridad” (!?) y me intentaron disuadir de que continuara por ese camino. Según decían, los secuestros y asesinatos por parte de la guerrilla a apenas 50 km de allí eran continuos. Mentían claramente para meterme miedo, aunque no sé qué necesidad tenían. Como vieron que por ahí no entraba, uno de ellos me empezó a decir que en los próximos kilómetros, aún dentro de Ecuador, hay unas bandas de colombianos malvados que asaltan a los coches de las petroleras. Y de “17 carros en los últimos 3 días” fue reduciéndolo hasta “ayer hubo un intento”. Ahí ya corté el rollo y me dispuse a seguir. Como despedida el que más me hablaba me estrechó largamente la mano, me miró a los ojos y frunció levemente los labios. Pensé que el tío había visto muchas pelis bélicas, pero el cabrón logró impresionarme un poco.

En el pueblo a la orilla del río, un sitio muy curioso, con mucho movimiento y donde más me preguntó la gente, el retén militar me localizó rápidamente y vino a interrogarme. Esta vez uno de los soldados me dijo: “¿pero usted no sabe que usted es como pan caliente para la guerrilla?”, que me hizo mucha gracia aunque intenté que no se notara. Respondí exactamente lo mismo que a los otros y me dijeron que esa frontera está cerrada, pero que ellos harían como que no me habían visto.

Dormí en el polideportivo del cole y la mañana siguiente crucé el río. Y oye, mira tú por donde al final sí que me topé con la guerrilla, aunque sin enterarme. Pero bueno, eso es ya otra historia…

Atención al tío desbrozando a machete ahí subido

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Acerca de srsuave

acojonante
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5 respuestas a 67 – sábado 9 de junio de 2012 – Oriente de Ecuador

  1. Marta dijo:

    Miguel!!!!!!!!!!!!!! no se ven las fotos!!!!!!!!!!!!!
    excepto alguna,
    como la del POLLAZO,
    ¿por qué?
    jjjjjj
    y eso de dejarnos con la intriga??????
    hay q ser … !!!!
    Bsucus

  2. Fredy dijo:

    Qué bien, Sr. Suave, me he acordado de varias ocasiones en las que alguien ha tenido conmigo un detalle como el de la niña contigo y sé lo que se siente.
    También te entendía muy bien cuando hablabas de minimizar, aligerar peso y deshacerte de cosas. Procura hacer la colada todos los días, la ropa sucia pesa mucho más…
    ¡Vamos, monta y pedalea!

    • srsuave dijo:

      ¡Sr Fredi! Lo de recibir cosas materiales es casi a diario. Lo que pasa es que normalmente hay un mínimo de conversación previa. Los guajinos me dieron lo que necesitaba en el momento justo y sin mediar palabra, como si me hubieran leído el pensamiento. Y no sólo hablo del té y el pan, sino también de la alegría infantil.
      Lo de hacer la colada todos los días ya es otro tema. Con la eliminación de objetos inútiles se fue la segunda muda de ropa de bici. Pero como la llevo puesta se nota menos el peso, aunque se acartona rápido y arrasca.
      ¡Pon esas barbas a remojar!

  3. marcos el blanco dijo:

    Ey, yo si que entré en lo del mapa sonoro, esta interesante.
    Te debo un correo, pero es que conseguí conexión en casa ayer despues de más de un mes aquí instalado. Sabrás de mí en breve.
    Fuerte el abrazo.

  4. Hola,

    Una coincidencia extrana pero mis padres conocieron algunos amigos tuyos cuando estiveron en Amsterdam y descubrieron que estamos todos andando en bici en Sudamerica.

    Estoy con mi novia Becky y estamos en El Llano (Las Mercedes) en Venezuela, con el plan de ir a Colombia por Maracaibo en seis semanas o algo. No estoy seguro de tu ruta, pero quizas hay una oportunidad que nos vemos?

    Nuestro blog es rebsolomon.wordpress.com, porfavor avisanos de tus planes cuando tengas tiempo! Mi email es solslade@gmail.com

    Ciao y suerte!

    Sol

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