66 – Un Nuevo Amanecer

Durante mucho tiempo yo estuve ciego. Yo caminaba entre tinieblas. No podía ver. No quería ver. Pero mis ojos fueron abiertos y un día vi la luz. Oh, sí, una luz cegadora, mil puñales hiriendo mis pupilas.

Eso fue el día que conocí a Cass, cicloviajero inglés. Lleva viajando toda la vida. Cualquier sitio del mundo por el que le preguntes (excepto Asturias) lo conoce, muy probablemente en bici. Por circunstancias, hace un año tuvo que interrumpir en Tumbaco su viaje desde Alaska. Hizo lo que tenía que hacer y alguna cosa más y justo ahora retomaba el camino.

Esta vez venía con una bici nueva: una 29″” sin suspensión, con unas alforjas muy especiales y material reducido al mínimo. Le encanta la bici de montaña y esa es la única manera de poder viajar por caminos intrincados inaccesibles a bicis más cargadas y que no sean de montaña (por ejemplo la mía) y, llegado el momento, dejar el equipaje y hacer rutas por ahí, como yo solía hacer con la bici con la que comencé el viaje.

Su blog: http://whileoutriding.com/

Su bici

Y dos fotazas que me sacó

Hablando y hablando (después de habernos contado anécdotas y haber sacado los mapas, por supuesto) me fui dando cuenta de la cantidad de cosas poco útiles -o, directamente, inútiles- que había estado cargando desde el principio del viaje.

Hasta ahora mi forma de pensar respecto al equipaje era justo la contraria: si pesa un poco no importa, con tal de que me haga la vida más fácil. Con ese cuento estuve acumulando mierda y más mierda durante más de un año. Según este esquema aunque no se utilice con frecuencia, si facilita la vida en un solo momento de uso, justifica su presencia en el equipaje. Un esquema con premisas falsas y, en consecuencia, con resultados erróneos.

Desde el principio del viaje cada vez que pasaba una temporada larga en algún sitio y desparramaba todo mi equipaje en una habitación, al ordenar todo para partir siempre me deshacía de alguna cosuca. Pero eso, cosucas. Al mismo tiempo a veces incorporaba cosas nuevas. Últimamente, desde que dejé de pedalear (quitando lo poco de Perú) desde Chile había empezado a quitar cada vez más cosas con cada nuevo traslado. Pero nada serio. Nada como ahora.

La Epifanía consistió básicamente en que me di cuenta de que menos peso en la bici implica:

  • menos pinchazos
  • menos bultos
  • mejor organización del equipaje
  • facilidad para encontrar las cosas en el equipaje
  • se recoge más rápido
  • empujar la bici es más fácil
  • se avanza más rápido con menos esfuerzo
  • se pueden encarar cuestas más duras
  • en general se pueden hacer caminos imposibles para una bici pesada

Ya, ya sé que son cosas muy lógicas, y con todo el tiempo que he pasado sobre la bici pensando y repensando y requetepensando movidas, nunca me había planteado que tenía tanto de lo que podría prescindir. Admito que me jode un poco no haber dado con ello yo solito. Al final pasas la mayor parte del tiempo contigo mismo y el único punto de vista -para lo malo, pero también para lo bueno- es el propio. Ya me ha pasado con algunas cosas. Gestos mecanizados que de repente después de un año te das cuenta de que así es mucho mejor. Y con cosas más de tipo personal, también.

Por otra parte, yo empecé en el sur, en tierras muy inhóspitas, con distancias enormes y zonas muy poco habitadas. La sensación de desamparo, aunque agradable, es mucho mayor que en cuanto se entra en Perú -y de ahí hacia el norte-, donde hay gente por todas partes, es difícil dejar de ver una casa en cualquier momento y si llueve es más fácil encontrar o pedir refugio. Supongo que se tiene una mayor sensación de seguridad cuando se tienen más cosas. Yo aprendí a viajar así y es difícil cambiar algunos hábitos, sobre todo cuando no eres consciente de que son hábitos adquiridos y crees que son dogmas inamovibles de cicloviaje.

Pero aún no me explico qué coño hacía con varias cosas duplicadas o por qué llevo arrastrando herramienta superpesada, cuando no llevo los recambios con los que se utiliza. Grrrrrrrrr. En realidad sí me lo explico: es mi parte Diógenes, que confiere caracterísiticas especialísimas a ciertos objetos, haciéndolos imprescindibles, y le cuesta deshacerse de ellos. Creía que en este viaje me estaba curando un poco el tema, aunque fuera a la fuerza, pero parece ser que no.

Hasta ahora. A partir de ahora el tema es el contrario: TODO PESA. Todo es contingente, y sólo algunas cosas son necesarias.

Bueno, pues toda esta rucadura me duró unos días mientras organizaba mi equipaje. De vez en cuando pasaba Cass por donde yo, cogía algo del montón de las cosas de llevar y me preguntaba con gesto severo “¿de verdad necesitas esto?”. Yo tomaba el objeto con manos temblorosas y los miraba a ambos, implorante: “pero Maestro ¿esto también?”. Y lo lanzaba con rabia lejos de mí, avergonzado ante un sonriente y magnánimo Cass.

En realidad no fue así. En realidad me entró un amok de desapego y la montañita de cosas para dejar fue creciendo rápidamente. Esto fuera, y esto también, y esto… ¡a tomar por saco!

Al final, antes de salir de Tumbaco ya me había deshecho de un montón de cosas. Pero fue en los días siguientes cuando mi arrebato no hizo sino crecer en intensidad y cada vez que acampaba y revolvía en mi equipaje para coger algo, me quedaba pensando si realmente utilizaba mucho el objeto, si era tan útil como yo había pensado hasta ahora y si podía vivir sin él. ¡Fuera!

Cass me advirtió que lo del ahorro de peso puede llegar a ser una cosas muy obsesiva. Y doy Fe, porque los primeros días de pedaleo no podía pensar en otra cosa.

Durante la semana seguí regalando cosas a diestro y siniestro. Me habría gustado pesar toda la mierda de la que me deshice, pero no pudo ser, aunque sé que se han ido muchos kilos de equipaje. Ahora la bici va ligerita, estilizada (aunque turgente), y muy veloz.

Aquí va una lista de las cosas que fui dejando (todas regaladas a alguien). Quizás es un poco tediosa y la escribo más bien para mí, como acto de contricción, para expiar mi vida anterior en la falsa fe, una vida de pecado, ignominia y lujuria. Bueno, no, de lujuria no:

  • tornillería que llevo arrastrando desde mi primera parrilla, mucha de la cual no tenía un solo agujero donde enroscarse en toda la bici
  • herramienta inútil; entre todo ello un extactor de bielas, un cortacables y un alicate muy molón pero pesadísimo que me regaló Dana
  • una tabla de pulpo (sí) que usaba de tabla de cortar. Cass me regaló un Cáliz origami, un Grial pleglable, que sirve para lo mismo, pero mejor, y para muchas otras cosas

  • un plato roto que usaba de tapa de cazuela
  • máquina de cortar el pelo y afeitar, acompañada de una maquinina más pequeña para hacerse patilla italiana o perilla colombiana. A partir de ahora cuchilla y jabón de ducha. Y peluquero. Y patilla gorda
  • una armónica que un día me dio por comprar creyendo ingenuamente que iba a aprender durante el viaje
  • todas las piquetas de la tienda menos 4
  • un segundo suelo de la tienda, que nunca entendí para que valía, puesto que no es impermeable
  • varias botellas de plástico donde guardaba el café, el azúcar y la sal. A partir de ahora todo en bolsa
  • un montón de pinzas de la ropa. Ahora cierro todo con un invento de cuerda que me hice
  • varios pares de calcetines
  • una camiseta
  • el pantalón de los domingos
  • docenas de papelotes
  • un túper roto
  • varios pulpos (elásticos con gancho)
  • un bote de especias ¡de cristal!
  • 6 metros de cordino de 7 mm
  • un cortauñas extra (?!)
  • un cuchillo de cocina extra (?!)
  • un carrete de hilo extra (?!)
  • un adaptador de enchufe extra (?!)
  • un botecito de champú que no usaba porque uso el mismo jabón para todo, incluyendo lavar la ropa
  • esto ya lo había hecho hace tiempo: comprar un cargador universal y tirar todos los cargadores
  • dos cámaras viejas ultraparcheadas
  • una cámara que llevaba atada a una parrilla a modo de pulpo pero que nunca usaba
  • un sacacorchos
  • un mechero con gas pero sin chispa
  • una cucharilla
  • una mochila de telilla amarilla fosforito de la Marathon de Hamburgo del ’93 que me había regalado un señor alemán
  • monedas de céntimos de euro
  • y un objeto muy curioso que me dio una familia en Tierra del Fuego.

Papillon daría un brazo por algo así

Es una botella de coca-cola de 2 l previamente a su inflado para darle la forma final. Se habían caído de un camión en un accidente y me la dieron llena de cerillas porque es estanca. La usé dos veces (para encender fuego, no al estilo Papillon) y, además, una caja de cerillas se puede envolver perfectamente en flin.

Ahora no podría hacer aquel muñeco.

con una mariconera asín de raquítica

Cosas un poco extremas que hice, porque en mi nuevo Credo no caben medias tintas. Todo pesa:

  • recorté los colgajos de los frenos de mano
  • corté el auricular derecho del mp3, que no funcionaba desde hacía un tiempo
  • en cuanto consiga un paique corto los cuernos del manillar
  • vacié los lápices usb
  • quité portadas gruesas de algunos libros, entre ellas y con gran dolor la de la libreta-diario.

Ahora cuando tenga dudas o problemas en el camino ya no podré pensar: “¿qué haría Michael?”. Menos mal que nos queda su Moonwalk. Encima, pocos días después pasé por aquí.

Sin embargo, ha habido varias cosas muy pesadas de las que no he sido capaz de deshacerme. Son cosas que no he visto que lleven otros ciclistas, pero para mí son absolutamente esenciales

Aunque a esa silla ya la estoy empezando a mirar con malos ojos. El otro día se rompió la tela y a puntito estuve de abandonarla, pero al final fui débil, le hice un invento con cinta americana y sigue conmigo.

En realidad sí conocí a un ciclista con cafetera: John, un australiano al que le gustaba empezar el día con energía, llevaba una de las grandes.

Y encima me he comprado esas katiuscas que aquí en la zona de selva son importantes si se acampa por ahí. Pero en cuanto salga de esta zona me deshago de ellas cagando trito.

Y todavía hay forma de ahorrar más peso, aunque gastándose plata: una tienda ultraligera, mochila ultraligera, herramienta ligera, cocina ligera de gas, componentes de bici más ligeros… Ahí se irían otros cuantos kilos, pero también muchos euros. De todas formas, con esto se me abre un nuevo mundo de posibilidades. Ya estoy maquinando cosas para cuando vuelva a Asturias.

Como buen nuevo converso, ahora soy intransigente, intolerante y proselitista con mis antiguos correligionarios. Aún no me he encontrado a ningún ciclista, pero mi corazón se llena de gozo ante la posibilidad de poder hacer que más hermanos abracen la nueva Doctrina. Hasta se me están ocurriendo parábolas y todo: la de la bicicleta y el ojo de la aguja, la del buen shimano… ¡Por ahí veo unos afanosos pescadores!

Huelga decir que una parte importante de la ligereza en el equipaje es también la ligereza mental. Como quitar cargas de otro tipo. Una especie de renovación interior. Esto lo digo en serio.

Al mismo tiempo que me rucaba con el peso estuve también dándole vueltas a lo del origen psicosomático de mis achaques de los últimos meses. Durante mucho tiempo estuve pensando seriamente en la posibilidad de que tuviera algún parásito y por eso me dieran cosas raras cada equis tiempo. Después de lo de Quito había tomado la firme decisión de ir al médico en el siguiente episodio. Pero al decirme eso Cass y contarme que a él le habían pasado cosas parecidas y que se había dado cuenta de que siempre coincidían con hechos cruciales en su vida, pues me puse a repasar con más detalle. Y le di más importancia a cosas como que:

  • los síntomas siempre fueron diferentes
  • nunca tuve fiebre
  • la primera vez que vomité fue cuando me abandonó Edwin, muy cerca de Sucre, recién empezadas las lluvias que me acompañarían durante varios meses. El resto de eventos no los relaciono con hechos concretos, pero sí que había un tono general bajo, con pocas ganas de seguir viajando en bicicleta o, más bien, de enfrentar las adversidades que implica.

Es decir, como no estaba muy a gusto con el viaje, pero no me lo quería admitir a mí mismo, me fui por la pata.

Por supuesto, no puedo saber si esto es cierto o no. Si ahora que sigo viajando muy contento y motivado, no se me repiten estas cosas, pues será a favor de esa hipóteis, aunque no determinante, claro. Y si me vuelve a pasar, voy al médico.

Por otro lado, si de verdad mis malestares tenían un origen psicosomático, no me hace ni puta gracia. Pensar que mis estados de ánimo pueden hacer que arrastre una contractura en un hombro (siempre el izquierdo, seguro que en las energías eso quiere decir algo), un día vomite, otro esté tan cansado que no pueda ni salir de la cama, y otro que vacíe mi duodeno de forma violenta, pues no me mola nada de nada.

Voy a tener que hacer un ayuno de sirope de arce, después una dieta ayurvédica y luego ir a celebrar el año nuevo inca al Lago Titicaca.

Por cierto, y esto no es porque relacione nada con nada, pero el otro día me contaron una historia de un gringo jubilado que se ha comprado un piso en Quito Norte porque es una de las pocas zonas del mundo que se va a salvar del apocalipsis de final de año, por la altitud y porque se ha calculado que las ondas electromagnéticas causantes de la hecatombe no van a llegar allí. Toma ya. La historia tiene otra anécdota cojonuda, pero eso mejor con unas sidras.

Tuve que comprarla, claro. Cuenta no sé qué movidas del cuñado del rey, de caza en África, del nieto con una escopeta y de Bárbara Rey. No me creo nada

Por lo demás, la semana que pasé en Tumbaco transcurrió de forma muy apacible. Antes que Cass, en la Casa de Ciclistas estuvieron Babs y Achim, una pareja alemana que iba con un poco de prisa. Luego llegó Cass y luego Arthur, un francés que ya había estado en la casa pero que retornó porque en un descuido le robaron la mariconera al bajarse de un autobús, al sur de Quito. Putadísima: pasaporte, cámara, tarjeta, dinero…

Cass y Arthur

Micaela haciéndole la patilla ecuatoriana a Arthur

Pero en realidad, aparte del tema del peso en el equipaje, lo que más parte de mi tiempo mental se llevó fue la búsqueda de otra cámara de fotos. La mía se había muerto después de la inmersión en Galápagos. Después de dar muchas vueltas en internet, ir a Quito, comprobar que ni Amazon ni B&H envían fácilmente a Ecuador, y hablar con amigos de Santiago que conocen a nosequién que envía muy rápido y muy barato y luego naranjas de la china, recurrí a una especie de segundamano en internet que hay aquí en Latinoamérica y encontré a un fulano que vendía su cámara nuevecita de este año por casi la mitad de los precios que vi por ahí. Quedé con él y se la compré. Y esta no la voy a meter debajo del agua.

Con Santiago y familia seguí estando muy a gusto. Varios días nos vimos Santiago y yo por la mañana en la RAI la etapa del Giro (el de este año aburridísimo para mi gusto). Y nos pasamos el día charlando, que a ambos nos encanta, me parece.

Ana Lucía y Santiago, a punto de salir a pedalear

En casa de Santiago son todos un amor. Como dije ya en otra entrada, hacen que te sientas como un amigo de toda la vida de la familia. Me encantaron todos esos días, alternando con ellos, con los otros ciclistas, con sus amigos y con los clientes de Santiago. Recomiendo a todos los ciclistas que pasen unos días aquí, pero que tengan en cuenta que la vida es tan fácil que luego es difícil tomar la decisión de partir.

Aquí es donde dormí la primera temporada. A la vuelta de Galápagos me tocó habitación

Qué pequeños parecemos los del medio

Me di cuenta de que no había salido de Quito con tantas ganas como creía. Aunque es probable que el proceso de re-motivación comenzara en Construbicis, después de las dos temporadas en Tumbaco, el regalazo de Galápagos y la Revelación del ligero-equipaje-para-tan-largo-viaje, sí que tenía unas ganas que me moría de continuar pedaleando.

Un día en casa de Santiago conocimos a una pareja, Michael y Marcela, que viven por allí cerca y que tienen un proyecto muy interesante. Decidí que de camino hacia el Oriente pasaría por su casa a ver el tema. Así que el día que partí me acompañaron también Cass y Arthur. Les endosé algunas de mis pertenecias para esa etapa de 30 km y fuimos a la finca que tiene la familia Dammer en el barrio Palugo de Pifo. De camino nos encontramos una movida extrañísima.

Pero luego nos dimos cuenta de que era un ajuste de cuentas entre bandas rivales y preferimos salir de allí pitando antes de que las cosas se pusieran feas.

La familia Dammer al completo (al menos la que conocimos, pero el resto seguro que también) es encantadora y Michael y Marcela unos anfitriones magníficos, aparte de majísimos. Ahora tienen las actividades un poco paradas, pero los tres hermanos Dammer han sido (y siguen siendo) uno de los principales referentes en el mundo de la escalada en Ecuador. Aquí, como en todas partes, las noticias de montaña en medios no especializados están acaparadas por los accidentes y por el himalayismo pesado clásico y ya sin interés. Iván Vallejo es el Oiarzabal ecuatoriano, aunque sin esa chulería desagradable. Los Dammer serían en Ecuador lo que en España serían Corominas y Baró (por ejemplo), gente que llevó el alpinismo (ups, andinismo) nacional un poco más allá y que no los conoce ni dios, a no ser que uno esté un poco metido en el tema.

Y digo que ahora están un poco parados porque los tres hermanos, junto con sus mujeres (y ya empieza a haber churumbeles) tienen otro proyecto:

http://www.nahual.com.ec/inicio.htm

Todos los años vienen grupos de chavales de EE.UU., junto con algunos guajes ecuatorianos cuyos osados padres los mandan aquí, a un curso de 6 meses de… no sé cómo explicarlo, de vida en la naturaleza y funcionamiento en una granja. Les enseñan no sólo a cultivar y recoger, sino también que para comer pollo, cabrito o cuy hay que matarlo primero. La parte de naturaleza incluye un viaje de meses por la selva, ríos, bicicleta y ascensión al Cotopaxi. Acojonante.

La gente que viene de EE.UU está relacionada con el método educativo Waldorf, a la sazón derivado de la doctrina de Steiner y su Antroposofía.

Aparte de eso tienen un huerto de permacultura, cuyo producto venden por el método de la cesta semanal.

Tienen un montaje guapísimo en una finca de 80 ha con, ya sé que soy un pesado, con un manejo de paisaje igualito que en Asturias: praos de diente y siega pequeños cerrados por grandes sebes, alternados con algunas manchas de bosque, ocalitos en las colinas y viviendas dispersas. La diferencia es que aquí alguien puede juntar 80 ha de esto: Un latifundio microfundista.

Las casas que han hecho, todas con materiales de la zona (incluyendo ocalito) son preciosas.

Y el Cotopaxi siempre de fondo

Y ellos, como digo, majísimos. Pasamos una velada muy agradable.

El día siguiente acabamos saliendo a las 13:00. A los pocos kilómetros me separé de Cass y Arthur para volar solo. Por fin, después de este gran parón. Con un dolor inquietante (eso no puede ser psicosomático; no) en la rodilla izquierda pero con unas ganas locas de avanzar en bici.

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Acerca de srsuave

acojonante
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9 respuestas a 66 – Un Nuevo Amanecer

  1. Guille dijo:

    Absolutamente genial!!! Lo único malo es que muy a tu pesar, intuyo que en breve nos vas a hablar de energía (je, je) Un abrazo fuerte gurÚ

    guiLLe 😉

  2. David dijo:

    Totalmente de acuerdo con mi querido compañero urbanista, manque te pese te estas convirtiendo por estos lares en un guru del viaje-pedal, a la sazón aventura ciclista. Sigo disfrutando mucho con tu prosa.
    Grande y elegante siempre.

  3. Michael dijo:

    Bien Miguelito, adelante con el desarrollo de tu modalidad “superalpina”, manda a volar esa silla, manten la cafetera y a seguir descubriendo caminos… Toda la buena vibra. Los comuneros de Palugo-Nahual

  4. Sergio dijo:

    Estoy realmente impactado, amigo Miguel. Celebro con alborozo que hayas abrazado la Doctrina Verdadera. Sin embargo, me gustaría adverirte de que tratarán de confundirte para que dudes de tu fe, con insidiosas artes.
    Te enlazo con el libro sagrado de alguno de ellos.
    Sé fuerte y liviano

  5. Felipe dijo:

    Igual ni tanto… imagina tu travesía por la carretera austral sin esas cosas que te hacían sentirse seguro… lo único que encuentro razón es la duplicación de cosas que ya tenías.
    Un abrazo
    Felipe

    • srsuave dijo:

      Pues ahora ya no pienso así, Felipe. Sí es cierto que algunas cosas me facilitaban la vida en, por ejemplo, la Carretera Austral, pero había muchas cosas totalmente prescindibles que utilicé en contadísimas ocasiones. Y no sólo los duplicados. Por cierto, a día de hoy aún sigo deshaciéndome de cosas.

  6. Estela dijo:

    Hola Miguel!! me da muchas pena no haber seguido tu blog día a día pero me ha encantado leerte y encontrar a Miguel en su propia esencia, no se, ha sido una sensación extraña, Miguel super concentrado en un montón de líneas, jajaja igual es una estupidez y en eso consiste un blog, pero no se, después de tanto tiempo me ha gustado mucho sentirte tan cerca.
    Además me parece increíble que justo el día que te leo hablas sobre las escuelas Waldorf, estos últimos meses todo a mi alrededor gira en torno a ese tema, ¿será una señal? un día con calma ya te explicaré por qué
    Un besazo, Estela

    • srsuave dijo:

      ¡Estela! Cuánto tiempo. Pues supongo que si estás mirando el tema Waldorf, habrás investigado un poco el Método Montessori, también muy interesante. En Tumbaco conocí a un chaval que estudiaba en un colegio Montessori. Hace un par de años el curso escolar consistió en preparar y realizar un viaje en bici de 6 meses entre Quito y Buenos Aires. Toma ya.
      Hablaremos. Hasta entonces, otro besazo y un abrazón.

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