65 – viernes 18 de mayo de 2012 – Islas Galápagos

Gabriel, un amigo de Santiago, me acercó hasta Quito pronto por la mañana. Antes de partir, en el propio aeropuerto hay que pagar 10 $ porque sí, que sumados a los 100 $ de entrada al Parque Nacional (que es todo el archipiélago) nada más aterrizar y los 5 $ que hay que pagar al llegar a la isla de Isabela (tasa por ocupación del muelle “El Embarcadero”-Turistas Extranjeros), pues me pareció un sacaperras cojonudo.

En el aeropuerto de Quito también hay que pasar un control de equipaje especial porque hay una lista enorme de productos que no se pueden meter en Galápagos. Pero el control es una risa. Yo había envuelto una de las alforjas en flin, que es un truco barato para precintar el equipaje, y no me hacía ninguna gracia que la abrieran y tener que volver a hacer todo el tinglado porque es bastante complicado para uno solo. Y entonces me preguntaron si llevaba algo de esa lista y respondí que no, y esa fue toda la comprobación. Y a la vuelta igual; me habría podido traer una iguana perfectamente.

No lo hice.

Pinchar en el mapa si alguien quiere rabilar por él

En una de las colas para los distintos trámites de repente miro a la persona que está a mi izquierda y me suena la cara. Y él parece que lo mismo. Uno o dos segundos más tarde: “¡Miguel!”, “¡Hiro!”. Miro detrás y ahí está Yoko. Son Yoko & Hiro, una pareja ciclista japonesa que conocí hace más de un año en Puerto Natales. Justo en ese momento no hubo lugar para muchas albricias porque ellos acababan de perder su vuelo, también a Galápagos, y estaban en plena fase de ver cómo podían arreglar la movida. Al mismo tiempo, yo también tenía que hacer mis cosas y soltar unos dólares aquí y allá.

Volé a la isla Santa Cruz, una de las 3 que están habitadas en el archipiélago. Actualmente viven 25.000 personas en el Archipiélago de Colón. Sumados a los turistas y a los ecuatorianos que viven aquí ilegalmente, a pesar de la fuertes leyes antiinmigración que tiene este Régimen Especial, cada día hay unos cuantos miles de personas moviéndose por las islas, aunque en áreas muy localizadas.

Absolutamente todos los habitantes de las islas -legales e ilegales- viven del turismo, y la mayoría de forma directa. Bueno, no, no todos.

Con dos cojones. En la capital de Galápagos y en plena calle Darwin

Desde una barcaza que hay que coger para pasar del islote del aeropuerto a la isla principal, ya vi un grupo muy grande de piqueros de patas azules pescando (algo así pero bastantes menos picados, porque lo del vídeo es muy jevi) a unos pocos metros de distancia. Este piquero en concreto es muy espectacular con esas patas totalmente azules y con la forma de pescar de los alcatraces.

Ya todos sabemos desde guajes lo de que en las Islas Galápagos los animales han evolucionado sin presencia humana y que no nos tienen el miedo que deberían. Es una cosa que de pequeño te hace fantasear de lo lindo. Los piqueros y pelícanos volando alrededor del barco hasta casi poder tocarlos con la mano fueron un mero aperitivo de esta movida. Muy jevi.

Llegué a Puerto Ayora, la capital, y preguntando por ahí y dando un poco de vueltas encontré un apartamento con dos habitaciones y cocina por 20$, que no está nada mal para los precios de allí. Por supuesto estábamos en la época de lluvias en Galápagos. El cansancio y esa humedad tropical sofocante, aquel dia no me permitieron hacer mucho. Y los días posteriores siguió haciendo un calor brutal, pero hice muchas cosas, claro.

Para ver cosas, casi todos los turistas contratan tours en los que te llevan en grupos a sitios concretos donde se juntan varias especies de las que a los turistas nos gusta ver: tortugas, iguanas, pingüinos, tiburón martillo… Pero en realidad se puede ver exactamente lo mismo yendo uno por su cuenta a otros sitios a los que no van los turistas. Se puede tardar más y lo mejor es ir a pie -que con ese calor no apetece-, pero basta con meterse en el bosque o acercarse al litoral para ver a todos los bichos, y además bichos que efectivamente tienen muy poco o ningún contacto con el hombre.

El problema es que en estas islas no hay casi caminos. La mayor parte es área protegida, pero en las áreas habitadas todo el mundo se mueve en coches, taxis, o en chivas FOTO CHIVAS. O sea, que no hay senderucos que cruzan los bosques para llegar rápidos a los cultivos. Al final hay muy pocos sitios donde no lleguen el asfalto y los turistas.

El día siguiente, dando una vuelta por el puerto y el litoral hacia la Estación Darwin, ya empecé a ver bichos por todas partes. Y todos se dejan acercar mucho. Pero mucho-mucho. Te miran de reojo para tenerte vigilado y se quedan quietos. Aunque no les gusta nada que los toques.

En el propio puerto hay que ir saltando por encima de las iguanas y las gaviotas, y los lobos marinos piden pescado haciendo monerías a los marineros que llegan. 

O a quien sea

A esta sólo le falta un balón de playa

En los manglares del puerto hay pájaros cuyos equivalentes europeos son muy huidizos y difíciles de ver ¡y aquí están posados al alcance de la mano! Los pinzones revolotean delante de tus pies, como gorriones de ciudad. De hecho, los días siguientes, viendo que las carreteras están sembradas de pajarinos atropellados, comprobé en bici que a veces yo mismo tenía que tener cuidado para no atropellarlos en las carreteras.

Pero no se dejan tocar. Y esto no es que yo lo sepa porque intenté tocar todos los que pude cuando andaba por ahí y no me veía nadie, ni le di la vuelta a una tortuga para ver qué hacía y luego la volví a poner bien.

Las reinas de Galápagos son las tortugas, claro. En Santa Cruz hay que meterse hacia el interior para verlas o ir al centro de cría de la Estación Darwin. Lo normal, lo que te cuentan que hay que hacer, es ir al Rancho Primicias, una propiedad agrícola forestal, donde hay que pagar 3$ por entrar y hay tortugas por ahí sueltas, muy acostumbradas a los turistas, que no se esconden cuando te acercas. Pero si se pasea por unos senderos dentro del bosque se encuentran más tortugas que sí se esconden. Y no sé por qué se escondían de mí, que no las quería tocar ni acercarme demasiado para verlas lo mejor posible.

Como fui en bici y no quería volver por la misma carretera, pregunté y me indicaron varios caminos, uno de los cuales no se puede hacer en bici, la eterna cantinela. Por supuesto me fui por ahí, y cuando se empezó a poner malo pero divertido, me jacté de mi pericia sobre el velocípedo. Hasta que ya se puso malo de verdad y a partir de ahí fueron 15 km de cargar la bici al hombro, por un terreno malísimo de coladas volcánicas, con bosque crecido por encima y musgo y humedad por todas partes. Muy muy malo: 7 horas (con descansos) cargando con  el velocípedo.

Pero gracias a eso vi el bosque de Scalesia, que es muy guapo

, algunos pajarinos que sólo se ven allí y muchísimas tortugas. Lo de los pajarinos era un flipe. Cada vez que me paraba comenzaban a aparecer pajarinos con curiosidad, a veces por parejas, se acercaban todo lo posible a ver quién era yo e incluso se posaban en la bici. Después de un rato se aburrían y se iban a otra cosa.

Vi docenas de tortugas. Se parecen tanto a piedras si vas más preocupado de dónde pisas, que muchas no las veía hasta que, al acercarme sin saberlo, soltaban un bufido y se escondían dentro del caparazón.

Sin tocar

Lo más jevi de ese día fue cuando oí unos gruñidos dentro del bosque. Eso me pareció muy raro porque no hay mamíferos gruñones en los bosques de Galápagos. Me metí y encontré una pareja de tortugas copulando. Acojonante. El macho era descomunal -más grande que el que tienen como estrella en el Rancho Primicias-, como una roca grande, enorme, gigante. Y la hembra era como la mitad de pequeña. El macho daba unos empujones tremendos, acompañados cada uno de un gruñido. Y la hembra tenía la cabeza y las patas delanteras escondidas, como con miedo, aunque los cuartos traseros bien expuestos. Daban ganas de decirle algo a él. Una cosa muy curiosa de ver. No tenía batería en la cámara, por bobo, pero afortunadamente llevaba mi mp3 y grabé los gruñidos en audio .

Tal cual

El día siguiente fui en bici hasta una playa a 30 km a bucear con un esnórquel que me había dejado Santiago en Tumbaco. El mar estaba muy revuelto incluso en las calas más cerradas y con mi miopía no conseguí ver más que sombras de peces. Unas sombras muy guapas y muy tropicales. Al volver me aparté para dejar pasar a un bus y al pisar las hierbas de los lados de la carretera pinché las dos ruedas por unos 10 sitios cada una. Unas espinas muy interesantes que hay por todas partes contra las que nadie me había prevenido. A esa parte de la isla sólo van turistas, y a esa hora ya se habían ido todos. Caminando hasta un pueblo con transporte eran 16 km. Por fortuna pasaron los dos guardas de la playa en moto; las últimas personas del día. En el siguiente pueblo pidieron un taxi para mí y lo que podía haber sido una larga caminata por asfalto, con la lluvia acercándose desde las montañas, se solucionó en un periquete.

Se me olvida decir que los habitantes de la isla son absolutamente encantadores y se desviven por ayudarte. Hacia el interior, en la zona campesina ya son un poco más parcos, pero los de ciudad son en general muy majos.

Después me fui a la isla Isabela -a dos horas en lancha-, que es la más grande pero está menos poblada. Desde la lancha vi albatros, petreles, otros piqueros y más pájaros de alta mar, y una cosa que me encantó: peces voladores. No sabía que volaban de verdad. Yo pensaba que saltaban mucho y planeaban. Pero no, primero sí que saltan alto, para luego sobrevolar el agua a menos de un palmo durante mucho metros. Parecen bandadas de pajarinos. Desde guaje siempre tuve muchas ganas de ver peces voladores. Por cierto, también desde guaje he querido ver mangles y manglares y aqui está lleno.

El fruto del mangle

De hecho, las poblaciones humanas han desplazado al manglar, y algunos barrios de Puerto Ayora, al otro lado de la bahía, están construidos con las casas totalmente rodeadas de manglar. Muy guapo, aunque deben de tener mucha humedad.

En Isabela me alojé en un sitio que me recomendaron los del apartamento de Puerto Ayora. Muy parecido y más barato.

Esta isla me gustó mucho más. El pueblo está sin asfaltar y es mucho más pequeño. Da la impresión de estar menos explotada, tanto desde el punto de vista turístico como agroganadero. Desde luego, por la calle hay muchos más habitantes que guiris, al contrario que en Santa Cruz. Y aquí los bichos son aun más indolentes, empezando por los cachorros de lobo marino, que se tiran en cualquier lado.

En el alojamiento me volví a encontrar a Hiro y Yoko, que al final pudieron cambiar el billete de avión y ya llevaban unos días en las islas. Los días siguientes ya pudimos contarnos nuestras batallitas del último año. Ellos llegaron a Ushuaia, volvieron a Japón a una boda y luego recorrieron el este de Europa desde Noruega. Después regresaron a América para hacer otra parte de Sudamérica. O algo así. Y yo, pues… pues eso.

Atención a las fotos de su blog (si sabes leer palitos, pues atención también al texto), porque ahora mismo están en España,en dirección a Francia.

Durante el día cada uno hacía su plan y por la tarde íbamos juntos a Concha Perla, un entrante de mar que cuando la marea está baja se cierra al océano por un arrecife de lava. El agua se queda como un plato, con bastante visibilidad y muchos peces se quedan atrapados hasta la siguiente marea. Aquí venimos todos los guiris por las tardes con nuestros esnórqueles a bañarnos durante horas, aunque ningún día estuvimos más de 6 o 7 al mismo tiempo. Y la verdad es que es un flipe. Peces de colores, oricios extraños, estrellas, y lo que todos queremos ver: tortugas marinas, tiburones (buenos), manta rayas, pingüinos, cachorros de lobo marino nadando nerviosos a tu alrededor, iguanas nadando hacia el arrecife… No vi ni tiburones ni mantas, pero el resto sí. Acojonante. Los cachorros asustaban un poco porque llegaban siempre sin avisar y son muy rápidos, y una cosa grande dentro del agua que aparece de repente no mola si no es un peluche nadador simpático y muy gracioso. Nunca se quedaban más de un minuto, pero muy emocionante. La tortuga la vi porque me lo dijeron otros guiris.

Unos oricios muy extraños, pero muy guapos

Yo sólo había hecho esnórquel una vez, en Murcia, pero no lo recuerdo con especial emoción. Aquí flipé mucho con la sensación de estar volando y escalando al mismo tiempo, rodeado de cosas que vuelan o que caminan por la tierra. Curiosamente, y esto ya lo sabía, el agua corrige de alguna manera la miopía y veo menos borroso dentro del agua que fuera.

La cámara que usé para hacer fotos bajo el agua, esa que me convirtió varias veces en el rey de la piscina o de la poza del río cuando había guajes, no aguantó el agua del mar. El día siguiente empezó a hacer unos raros y el otro se murió definitivamente. Ya van tres.

Si alguien quiere ver más tortugas en cautividad, el centro de cría de Isabela es mucho más guapo.

Las tienen separadas por clases de edad y es muy curioso que, mientras las grandes están la mayor parte del tiempo quietas, cuanto más pequeñas más polvorillas son. En los rediles de las que medían dos palmos había cientos de tortugas moviéndose sin parar, aparentemente sin rumbo fijo. Todas juntas hacían un ruido muy curioso.

Con las iguanas me parto de risa hagan lo que hagan. Es sin duda mi animal favorito de las Galápagos. Se pasan el día termorregulando sobre cualquier superficie de piedra o cemento. Sobre las rocas volcánicas del litoral son sorprendentemente difíciles de distinguir. De vez en cuando se mueven o se meten en el agua. Nadan muy bien, pero sin usar las extremidades, sino que contonean el cuerpo entero y la cola con movimientos de pez o de serpiente. Cuando nadas junto a ellas te miran de reojo pero no cambian las expresión de concentración. Ni aunque te acerques tanto que casicasicasi las toques. Me parto.

Una iguana en el manillar sería bien fardona. Lo que no sé es cuánto cariño te cogen.

En Isabela las montañas están muy lejos del pueblo. Al volcán más cercano al pueblo sólo se puede subir con guía autorizado (50$). Me estuve informando y no era nada fácil hacerlo sin pagar. Quise alquilar una bici, pero no encontré nada que me molara un mínimo, por diversas razones, y al final me moví todo a pie. Para ver el interior de la isla, me subí en el autobús de los campesinos de por la mañana y regresé a pie, unos 25 km, los últimos bastante aburridos.

Y al final de los 9 días volví a Santa Cruz en las lanchas de las 6 de la mañana para tomar el avión al mediodía. En la lancha conocí a dos habitantes de Isabela muy majos, César y Jhuliana, y a puntito estuve de cambiar el billete para quedarme una noche con ellos fiesteando en Guayaquil. Pero sólo pensar en más calor (dicen que es más jevi aun que en Galápagos) y en que la fiesta consista en “ir a bailar”, hizo que me decidiera por regresar, sin novedad, al fresquito de la Casa de Ciclistas de Tumbaco.

Recomiendo encarecidamente ir a Galápagos. Aquí entra mi mitomanía, pero poder tener la misma sensación que Malaspina, Darwin o cualquier pirata cuando llegaban aquí, aparte de la revolución que supuso el paso del Beagle por el archipiélago, no es algo que se pueda hacer en ningún otro sitio del mundo.

Pero como yo siempre tengo que poner algún pero, ahí van los pertinentes:

  • Hace un calor de muerte. Yo lo llevé fatal y durante el día estaba siempre muy aplatanado, sobre todo por andar por ahí en las horas de más calor.
  • Lo de que los animales no se asusten es sencillamente acojonante, un sueño, pero a todo se acostumbra uno. Después de unos días, eso es lo más normal del mundo. Esa sensación mágica de andar entre ellos en paz y armonía, cual utopía medieval, se pierde cuando te acostumbras. Una pena. Quizás estuve demasiado tiempo.
  • En relación con esto, y ya un poco más rebuscado, creo que en general a la gente que nos gusta ver bichos, una parte importante del aliciente es que sean difíciles de ver. Los más comunes son los menos interesantes. Aquí no se esconden, con lo que no hay juego posible. Al final vas caminando por el bosque como un elefante en una cacharrería porque da igual.
  • En Galápagos, como en cualquier isla de estas características, no hay tantas especies. Se terminan en dos días. Además, muchas de las que allí llaman especies, son en realidad subespecies de especies continentales, para mí muy difíciles de distinguir y con menos interés por no ser nuevas para mí. Aunque claro, aquí entra el eterno tema de “qué es una especie”, pero en lo que a mí respecta, lo que quiero es ver algo nuevo de verdad, que se distinga a simple vista.
  • Los diversos pagos totalmente incomprensibles se argumentan como disuasorios, para que no se masifiquen las islas, pero las verdadera amenazas para las Galápagos son la transformación de uso de suelo (deforestaciones para cultivos y crecimiento de las áreas urbanas) y la introducción de especies continentales invasoras (no lo vi reflejado en ningún sitio, aunque leí bastante, pero el interior de las islas está plagado de granadillas, una enredadera, del género Pasiflora muy ligeramente distinta del maracuyá; los bosques de Scalesia están totalmente invadidos).

El dinero que nos dejamos allí no se usa para, por poner un ejemplo, impedir que los taxis superen la velocidad máxima, lo que tiene como consecuencia una mortandad de pinzones brutal.

  •  Todo está montado para saca-y les perres al turista. Una cosa que me jode especialmente es que te hagan creer que es necesario gastarse 50-100 dólares por pasar un día en un grupo para ver lo mismo que se puede ver gratis. Y aun más sangrante me parece que nunca nadie nos cuente que hay transporte público muy frecuente (el que usan los pobladores) a prácticamente todos los puntos de la isla donde hay carretera, y por un precio 10-15 veces menor (15$ en taxi frente a 1$ en chiva).

Todos estos peros son muy personales. Por supuesto, hay que ir a Galápagos. Se puede ir con una oferta de vuelo interesante -que las hay desde Quito- y, una vez allí buscar bien el alojamiento (regatear siempre) y no gastar más que en comida de supermercado. Y serían unas vacaciones muy buenas, muy bonitas y algo baratas.

Una última cosa: que a nadie se le ocurra comprar café de Galápagos. Le llevé un paquetito muy mono con bolsa de rafia a Santiago, que es cafetero. Cuando lo abrió, vino a enseñármelo. No sé qué es, pero no huele a café y no sabe a café.

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Acerca de srsuave

acojonante
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Una respuesta a 65 – viernes 18 de mayo de 2012 – Islas Galápagos

  1. marcos el blanco dijo:

    Vaya buena esta excursioncilla a las Galápagos dentro de tu Viaje. Se agradecen todos los consejos para los que vayamos chupando rueda dentro de unos años.

    Te seguimos siguiendo, en Blogger, en WordPress o en donde sea.

    Fuerte el abrazo desde Varsovia.

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