63 – martes 10 de abril de 2012 – Trujillo-Ecuador

Como decíamos ayer, en Trujillo me dirigí directamente a la Casa de Ciclistas de Lucho, toda una institución entre los cicloviajeros en América del Sur. A mí me dieron su tarjeta unas ciclistas suizas en el sur de la Carretera Austral, hace casi un año y unos cuantos miles de kilómetros. Práticamente toda la gente que me he ido encontrando, ha pasado por la Casa.

En los 20 años que lleva abierta han pasado más de 1700 ciclistas. Y en el último libro de visitas he encontrado a mucha de la gente que me crucé más al sur durante todo el viaje. Muy curioso de ver.

Entre otros recuerdos colgados en las paredes del cuarto de dormir hay un mapa con el recorrido -sólo del año 2000 en adelante- del legendario Heinz Stücke, un alemán que lleva casi 50 años viajando en bici. Muchos. Y yo que en apenas un año ya tengo una señardá que me muero. Hace unos años un club cicloturista francés juntó plata y el favor de un patrocinador de un equipo Pro Tour e invitó, todo pago, a Lucho a presenciar el Tour de Francia completo, incluso en helicóptero. Uno de los que ganó Armstrong. De hecho, su hijo pequeño, un polvorilla que con 4 años ya hace caballitos y baja escaleras con la bici, se llama Lance.

Digo yo que al próximo lo llamará Indureitor, Tarangu o Águila de Toledo

En la casa había otros cuatro ciclistas: una pareja hispana-argentino, un chileno y un canadiense que lleva allí meses y es amigo de Lucho.

Al final resulta que Lucho no sale en ninguna de mis fotos

Después de las lluvias de la Cordillera Blanca, regresé al calorón húmedo de la costa, cosa que agradecí. Trujillo, llamada así porque Pizarro era del Trujillo extremeño, tiene un centro colonial (otro más), que a mí no me impresionó especialmente.

Una cosa que me sorprendió es que Araceli, su esposa, me dejó muy claro nada más llegar que ellos piden la voluntad a los ciclistas por el alojamiento. Que no pasa nada porque está claro que originamos algunos gastos (si bien es cierto que no había agua caliente y que la fría se cortaba a las 18:00; y que no había cocina), pero el planteamiento de una casa de ciclistas se supone que es otro.

Estuve tres días en los que puse a punto algunas cosas de la bici. Entre otras, Lucho encontró por ahí una patilla de cambio que ajustaba bastante bien a mi cuadro.

Insisto en que la patilla es una pieza superespecífica de cada cuadro y algo que impepinablemente algún día se va a romper. De hecho, como el nombre de la pieza cambia de país en país, para decir “patilla” los ciclistas extranjeros siempre señalamos la parte de atrás de la bici y decimos “lo que se rompe”. Es más, en varios países de por aquí se llama fusible. Cualquier ciclista de cualquier disciplina sabe que, incluso en Europa,  casi siempre tiene que dar vueltas para conseguir la buena. Aquí puedes ir a un tornero y que modifique una hasta que se ajuste, pero  siempre con la posibilidad de debilitar la pieza y que se rompa aun con más facilidad.

Necesitaba unas cubiertas de mi medida, algo también muy difícil de encontrar, y Lucho tenía un amplio elenco de cubiertas usadas (y en muy mal estado) de mi medida que va dejando la gente allí. Escogí las que menos peor estaban y las pagué bastante caras, sobre todo viendo el resultado que dieron. El caso es que en el momento me salvó el culo doblemente.

Pasé tres noches allí. La última de ellas -un jueves- Lucho, que aparte de esto de la Casa de Ciclistas tiene una empresa de imagen y sonido (bodas y verbenas), nos pidió ayuda a los ciclistas para dos curros que le habían salido. Uno era sonorizar un concierto tipo obra de fin de curso y otro grabar en vídeo una boda. A Raquel, Juan y Héctor se los llevó al primer concierto para, creíamos, descargar y vigilar el material. Y a mí me llevó a la la boda, supuestamente de asistente. Y todo a las carreras.

Bueno, pues pasada media hora en la boda, me enseña cómo funciona la cámara y se pira, diciéndome que vuelve en un rato. Un rato. Mis cojones treintaitres. Estuve allí solo algo más de 4 horas, grabando lo que me parecía a mí y flipando con que no regresara. Encima, muy temprano rechacé la cena que me ofrecieron los camareros porque no me parecía profesional comer y grabar. Si lo hubiera sabido habría pedido café, copa y puro.

Aquí también pinchan popurrís de Rafaela Carrá

Menos mal que le caí en gracia al típico novio de una prima, que no está muy integrado pero que tiene ganas de juerga, y me estuvo dando palique y abundantes birras (a esas alturas ya me pasaba la profesionalidad por el forro). A la una de la mañana, justo cuando estaba a punto de empezar la hora loca -que por lo visto es algo parecido a cuando Luis saca la bolsa de las gafas bizarras en las bodas, sólo que organizado y de pago-, para la que me pidieron expresamente que ahorrara batería y por la que yo tenía mucha curiosidad, llegaron Lucho y el canadiense. Como había un lío con las bicis disponibles para los que éramos, habían venido los dos en una sola y el canadiense se volvía. Ahí dije que una mierda como un niño de tres años, que yo no me quedaba allí ni un minuto más. El canadiense me puso cara de “yo ya he pasado por esto y te comprendo perfectamente”, me dio la bici y se quedó. Y yo se lo agradecí. Fui al teatro donde estaban los otros y ya estaba vacío y casi cerrado, a falta de desenganchar mi bici, cuyas llaves tenía yo. Resulta que ellos tres habían tenido que sonorizar el evento, sin haber visto antes en su vida una mesa de mezclas ni todo el cablerío necesario para un concierto. Y mientras tanto, Lucho se había ido a un tercer trabajo, cuya existencia desconocíamos.

Al final nos reímos bastante entre nosotros, pero menudo jeta el Lucho.

Eso, unido a lo de pagar la voluntad por el alojamiento, lo caro del material de bici y alguna cosuca más, me desencantaron un poco respecto a esta Casa de Ciclistas. En realidad no un poco, sino bastante. Además, estoy seguro de que le venderá mis cubiertas hechas polvo a algún ciclista tan desesperado como yo y le dirá que son unas Kenda y que son muy buenas.

Pero lo pasé bien con Juan, Raquel y Héctor. Y con Lucho también.

El cuarto día pillé un bus para ir a Cajamarca, donde vive Laura, otra asturiana, amiga y compañera de la facultad. Primero atravesar el desierto costero y luego meterse hacia la Cordillera, cruzando arrozales en las riberas del valle y subiendo poco a poco hasta los 2800 m de altitud de Cajamarca, con unos cambios de paisaje muy guapos.

Allí me fui a casa de Laura, que vive en Cajamarca desde hace 4 años, currando en una ONG. El segundo día hice unas lentejas con chorizo de Belmonte que le había enviado su madre y salieron muy ricas. Partí el chorizo en cachinos muy pequeños y disfruté todos y cada uno de ellos como si no hubiera mañana.

En Cajamarca llueve todos los días un poco o mucho. Está encerrado entre montes llenos de praos, caseríos dispersos y ocalitos que recuerdan mucho al Naranco, probablemente con muchas posibilidades para la bici de montaña. Arghhhhhh.

Y ya sé que digo esto mucho, pero toda la zona del centro es lo más parecido a una capital de provincias española que he visto hasta ahora.

Cajamarca fue temporalmente una de las dos capitales coetáneas del Imperio Inca, durante la guerra por la sucesión entre Atahualpa y su hermanastro Huáscar. Y aquí fue donde se decidió el destino de América del Sur cuando Pizarro, con un miniejército de 180 hombres, 37 caballos e indios auxiliares anti inca, conquistó todo esto para la Corona Española y empezó lo que ha durado hasta hace bien poco.

Fui a ver la Sala del Rescate, donde Pizarro y sus adláteres se la metieron bien doblada a Atahualpa, exigiendo como rescate por su vida aquello de “una habitación llena de oro y dos veces de plata hasta la altura del brazo extendido”.

Hasta esa raya

Después de eso se inventaron nosequé y le dieron garrote vil. Y Atahualpa todavía tuvo suerte, porque la intención inicial era quemarlo vivo, lo que automáticamente le habría impedido entrar en el cielo de los incas.

Por cierto, si alguien va a viajar por aquí, le recomiendo requeteencarecidísimamente que se lea Los Comentarios Reales y la Historia General del Perú del Inca Garcilaso. Buenísimos y muy amenos.

Una cosa que me llamó la atención es que los españoles se esfozaron mucho (o quizás fue lo contrario, por dejadez, que también es muy español) en borrar todo vestigio de los incas en el continente, al menos en las ciudades, y ni siquiera en el Cuzco quedan más que unas pocos muros en la base de algunos edificios. Pero resulta que conservaron muy bien la Sala del Rescate. Me parece una chulería muy fea.

Después de unos días allí con Laura llegó el puente de Semana Santa y nos fuimos con dos amigos suyos a Zorritos, en la costa norte del Perú, muy cerca ya de la frontera con Ecuador. De paso Laura saldría del país para renovar su visado.

Dos autobuses, una furgo-taxi y 20 horas después, llegamos en medio de un chaparrón a las 5 de la mañana al Hostel-Cámping Tres Puntas. Estuvo lloviendo muy fuerte hasta las 11 de la mañana, lo que me bajó el cuadro mucho. Encima, nos dicen en el cámping que tras una sequía de 7 años, por fin este año está lloviendo; y mucho. No me jodas.

Afortunadamente paró de llover, salió el sol y el resto de días, aunque algunos llovió, siempre fue con menos intensidad.

Y la verdad es que el cámping es un flipe. Se acampa a unos 30 metros del agua, en una playa kilométrica, con el agua a buena temperatura y no demasiado calor a la sombra (al sol ecuatorial te achicharras). Y cangrejos violinistas, fragatas de esas del cuello rojo, grupos de pelícanos surfeando el viento al ras de la espuma de las olas y alcatraces haciendo picados para pescar. Y unos atardeceres sobre el mar guapísimos.

León, el dueño, es un catalán que lleva aquí 14 años y ya 30 fuera de España. Un personaje cojonudo. Fue el primero en instalarse aquí con intenciones hosteleras, pero en los últimos años ya han abierto más alojamientos a pie de playa. No en plan Mediterráneo, sino sitios muy pequeños y construcciones bastante sobrias. Por aquí vienen bastantes limeños, a pesar de que son 24 horas de viaje en bus.

El nuestro está todo hecho de madera y algunas de las construcciones sólo con madera de arribazón.

Laura, sus colegas y otras dos chavalas que había por allí

Laura tirada a la bartola

Portada de libro de reli 

León vive rodeado de una jauría (30) de perros calatos, una raza peruana calva que a mí no me mola nada y ni siquiera me hace gracia. Tienen un tacto muy raro y, estos al menos, un carácter un poco extraño.

A los dos días Laura y sus amigos iniciaron el periplo de vuelta a Cajamarca, pero acabaron tardando aun más que a la ida. Y yo todavía me quedé otros dos días, encantado con la vida playera. Al final va a resultar que ir a la playa mola.

Antes de partir fui con una limeña una noche a un concierto de la Orquesta Internacional Los Niches, un grupo por lo visto muy clásico y famoso en Latinoamérica. Salsa colombiana ochentera. El 99,73 % del público bailando sin parar. Yo no soy muy salsero, pero el concierto tuvo momentos muy buenos.

Desde allí salí en bici para pasar la frontera. En Tumbes, la última ciudad del Perú, me encontré en una gasolinera con un tío con el que había hablado en el concierto. Resultó que trabajaba en la tele regional y me entrevistó allí mismo. Más tarde le escribí para que me mandara el enlace o el vídeo pero nunca llegó a contestarme. Casi que mejor, porque las preguntas fueron casi todas sobre cuánto me gustan Perú, sus gentes y su comida preguntado de diferentes formas y mis respuestas fueron tipo futbolista.

A los 30 km de ponerme a pedalear a la cubierta trasera le salió un huevo que estuvo rozando con el cuadro durante los otros 30 km.

Unas cubiertas Schwalbe. Muy buenas

Ah, y por cierto: la patilla de cambio no ajustaba tan bien y hace que la rueda vaya (muy) ligeramente torcida.

Pasé la frontera Perú-Ecuador sin novedad y fui a la primera ciudad, Huaquillas, que no me gustó nada y la gente no me pareció nada agradable. Tengo en cuenta que es una ciudad de frontera y esos sitios siempre son un poco especiales, pero mi primera impresión del país fue rara. Luego comprobé con creces que los ecuatorianos no son así para nada.

Me monté en el primer bus que pude hacia Quito, la capital.

Un día dije que hablaría sobre la comida de Perú. Perú es conocido en toda Sudamérica por ser el país donde mejor se come. Chile, que tiene un poco de complejo (extrañamente mezclado con orgullo) por el tema de la comida, está lleno de restaurantes peruanos. Por lo poco que he conocido del país, sí he visto que hay mucha variedad y muchos platos estrictamente locales. Las cosas diferentes que he comido son:

  • Ceviche: pescado o mariscos crudos marinados en limón, que hace las veces del cocinado.

  • Anticucho: un anticucho es una brocheta, pero el típico es de corazón de vaca.

  • Pachamanca: ya hablé de ella en la entrada anterior.

  • Cuy: el cochinillo de indias (la cobaya, el jánster grande). A la parrilla, al horno o tipo cuchifrito. Típico de toda la zona altoandina, al final lo comí en Ecuador. Pensaba que me iba a dar más cosa comer una rata con forma de rata, pero no. Lo más rico las carrilleras. Y el celebro no me dio más. 

Para llevar

  • Chifa: cocina china. Los hay por todas partes y no son restaurantes de color rojo con un león dorado en la puerta, sino restaurantes peruanos que además tienen una carta de comida china. En general muy rico.

“Chifa” es chino. Y “fuquin”, pues eso

El resto de cosas que comí son más normalitas. Muchas sopas contundentes ricas y variaciones de carne. Y, por supuesto, pollo con arroz. A nivel americano Perú también es conocido por la alta cocina. Me decía Carolina en Lima que ahora los guajes peruanos quieren ser cocineros en lugar de futbolistas.

¿Y lo que hicimos mal?

Esto un paisano que me obligó a que nos sacáramos una foto juntos

Toma salud preventiva. Acojonante

Subcampeón, que es mucho más que campeón

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Acerca de srsuave

acojonante
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3 respuestas a 63 – martes 10 de abril de 2012 – Trujillo-Ecuador

  1. fer dijo:

    Pues yo vivo en una capital de provincias ejpañola y no se parece nada, nada a esi pueblín… Pa mí que tú ya lleves mucho tiempo por allí y se te están mezclando los concetos.

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