64 – martes 8 de mayo de 2012 – Quito y Tumbaco, dos casas de ciclistas

Llegué a Quito dos horas más tarde de lo previsto porque hubo una retención kilométrica a causa de un argayo. Estaba lloviendo. Ese día fue el único que vislumbré el Chimborazo, uno de los varios volcanes de más de 6000 m que hay en los alrededores de la ciudad. Aunque estuve mucho tiempo en Quito y varias veces me subí a sitios altos, no hubo manera. Y no hubo manera porque estuvo nublado y llovió absolutamente todos los días.

Quito es una (otra) ciudad enorme, encerrada en un valle elevado de la Cordillera, rodeado por todas partes de cerros y montañas. Por esa razón, y aunque la ciudad intenta trepar por las laderas del valle, se extiende a lo largo de 40 km y sólo 3 de ancho, y con muchas cuestas en su parte sur y en las laderas del valle. Cuando llueve, va por barrios. A veces vas por la ciudad, das la vuelta a una esquina y en la calle que enfilas está lloviendo.

Se me olvidó contar en la anterior entrada que la moneda de Ecuador es el dólar. En 1999 hubo un corralito y el gobierno decidió dolarizar el país. Eso hace que Ecuador sea un país algo más caro de lo que yo pensaba. No tanto como Chile, pero casi. Aunque como siempre, comer un menú y el transporte siguen siendo muy baratos.

Fui directamente a un hostel y esa tarde busqué una tienda de bicis para comprar unas cubiertas y cambiar todos los radios de la rueda trasera. Desde que tengo esta bici he ido rompiendo radios cada poco y acabé utilizando en la rueda trasera los 25 extra que había comprado en cuanto me percaté del panorama. En una tienda no tenían cubiertas de 700 y me indicaron otra cercana. Fui a esa y el dueño, al contarle lo de viajar en bici, me dice que eso es una casa de ciclistas y que si quería podía alojarme allí. No tenía ni idea de que había una casa de ciclistas en Quito, aunque lo cierto es que tampoco había investigado, pero, por supuesto, al día siguiente me fui para allá.

La tienda/taller/vivienda/casa de ciclistas Construbicis está muy céntrica, a dos cuadras de la calle Amazonas. En la planta baja están la tienda (una de las tiendas de bicis más guapas que conozco) y el taller. En la superior hay una vivienda donde vive Carlos (“El Negro Tacuri”, el dueño) con su mujer. Se casaron 3 semanas antes de llegar yo, y Carlos llevó a la novia a la iglesia en este triciclo nupcial.

En la casa también viven Santi, uno de los currantes del taller, y Daniel. Y varios perros, de los cuales mi favorito es Benito, un perro muy discreto y muy majo, que vive con Santiago.

Los panas del taller

A los ciclistas Carlos nos aloja en un cuarto arriba del todo, en la terraza. Cocina compartida con todo el mundo de la casa, baño y wi-fi. Y un taller de bicis enterito a nuestra disposición. En realidad a disposición de quien quiera, porque Carlos prefiere que la gente haga sus propias reparaciones, incluyendo sus consejos de profesional. Hay días que el taller está lleno de gente por todas partes. Muy buen ambiente.

Carlos tiene una marca propia de bicis: Tacuri. Yo las probé y me gustaron bastante. Muy versátiles (como diría Rica).

La primera noche fui a la Noche de Piques de cada primer jueves de mes. Consiste en carretas de bicis en una calle recta y llana, de dos en dos y saliendo desde parado. Como en Rebelde sin Causa, aunque aquí todo el mundo dice que es como en Rápido y Furioso. Con un poco menos de adrenalina que en cualquiera de las dos. La gente lleva la bici que tiene y hay que ver cómo pedalean los de bmx. Y también corren chavalas. Y hay mosqueos (sanos) porque nosequién lleva calas, o porque aquel trae cubiertas slick.

Cuando terminan todos los duelos y entregan los premios, hacen una carrera todos juntos que consiste en ir corriendo hasta un punto, volver, coger la bici y repetir ese recorrido. Y cuando están corriendo, los espectadores les cambian todas las bicis de sitio, que me pareció muy gracioso.

Y luego a tomar cervezas los que se quieran ajuntar.

Los dos días que llevaba en Quito llovió en algún momento de la jornada. El primer día casi entero y el segundo sólo por la tarde y por la noche, aunque dando tregua para los Piques. Y a partir de ahí unos días llovía mucho y otros poco. Unos días tormenta y otros sólo orbayo, pero todos, todos, TODOS los días.

Los días siguientes tuve una crisis de motivación muy gorda. De esto sólo me di cuenta cuando se terminó. No quiero ser pesado con el temita, pero la lluvia continúa persiguiéndome. No hay manera. Vaya donde vaya, con muy pocas excepciones, es el momento de más lluvia del añó/el año más lluvioso/un año de lluvias tras varios de sequía. Mira que a mí en mi casa la lluvia no me afecta para nada, salvo el tener que deshacer (cambiar) algunos planes, pero aquí empiezo a ponerme melancólico cuando llueve. Me lo noto yo. Pues esos días me dio por pensar en terminar el viaje. Bueno, no, en realidad no terminarlo, sino que me invadió una apatía total por la continuación del viaje, que no es lo mismo. Como decía, sólo me di cuenta de ello cuando gracias a hacer cosas que me molaron mucho, recuperé las ganas de seguir.

Carlos me dejó su bici de montaña y me fui a buscar singletracks por varios de los Narancos que rodean la ciudad. Acojonante.

Disfruté como un loco. Desde mayo del año pasado, en Bariloche, no había vuelto a hacer bici de montaña. Después me robaron la que yo tenía y desde entonces he pasado por muchísimos sitios que me habrían dado juego para salir a hacer el cabra o, al menos, a rodar sin bártulos por el monte. Ya me había acostumbrado a ver los senderinos por las montañas como una cosa codiciable más del paisaje, sabiéndolos otro imposible. Pero esos días, con las varias bicis que me acabaron prestando, fueron un subidonazo. Encontré muchos caminos buenísimos y disfrutonísimos.

Un día me fui a hacer el pijo (porque no se puede llamar de otra manera) aquí…

…y aquí…

…y hasta que no me manqué, no me fui contento.

Tuve un taller de bicicletas enterito para mí, con una herramienta adecuada para cada cosa, sin tener que hacer birguerías, inventos o dejándolo por imposible. Muchos días me bajé al taller cuando estaba cerrado y acabé dejando la bici niquelada. Lo gocé mucho.

¡Todo esto para mí solito! Orgásmico

Además Carlos me enseñó a tejer ruedas y cambié todos los radios de la rueda de atrás. Ya lo había hecho una vez en casa hace años y tardé un fin de semana entero de locura en hacer una sola rueda. Pero qué fácil y rápido es cuando te dicen cuatro cosas.

A lo largo de los días Carlos vio que sabía algo de mecánica y me pidió que ayudara a él y a Santi en el taller los sábados, porque ese día no viene el resto de los chavales que curran. No daba crédito. Me desplomé sobre mis rodillas y coloqué su pie derecho sobre mi cabeza al tiempo que sollozaba “¡no soy digno, no soy digno!”. Después me recompuse, me puse el mandil y durantes esos días hice un poco de todo, preguntá bastante, aprendí unas cuantas cosas, me di cuenta de que sé más de lo que creía, pero que también me falta muchísimo por saber. Para mí fue un flipe y un honor.

Otros días púseme artísticu y en el taller, revolviendo en el cajón de la chatarra, hice unas cosas.

Recorrí la ciudad en bicicleta. Esta vez fueron 245 km, aunque fueron mucho días.

Fui al museo de Guayasamín, un pintor quiteño que probablemente conoceréis. Si alguna vez habéis pillado en Barajas el tren de la T4 que lleva a la Satélite, habréis visto un mural enorme hecho como en cerámica. Pues es de él.

Otro subidonazo fue librar por los pelos de un atraco. Sin armas de por medio (¡fiúúú!), pero que habría sido una pifia cojonuda. La cosa fue así: los domingos cierran al tráfico la arteria principal de la ciudad para que la gente la recorra en bici. Un domingo decidí ir hacia el sur lo más posible e hice el regreso por otra arteria paralela. A mediodía, cuando estaba en el punto más alejado, empezó a llover, cada vez con más ganas. Cuando ya estaba casi en el centro, totalmente pingando, decidí hacer una parada más para refugiarme bajo una marquesina, muy cerca de una esquina. Cuando me cansé de esperar a ver si le daba por llover un poco menos, monté en la bici para marchar. En ese justo momento aparecieron dos chorbos de 18-20 años doblando la esquina. Uno se puso detrás de mí y el otro me agarró del brazo. Me escurrí como una anguila y pedaleé como alma que lleva el .

Si hubieran aparecido 2 segundos antes me habrían pillado totalmente en bragas y desmontado. Llevaba en la mariconera el gps, la cámara, el mp3, pasta y el pasaporte. Y la bici era una de las que me había dejado Carlos. En el momenyo no lo pensé, fue muy rápido y yo no me había dado cuenta de su intención hasta que me agarró. Pero luego analizando la escena, constaté que había librado demasiado bien. Yo creo que eran nuevos en el oficio. O que no iban con la idea y se les ocurrió en el momento. Sea como sea, se les escapó el caramelín. Libré y fue un subidonazo. A partir de ahí ya no fui tan confiado las veces que salí por la noche en bici, que fueron muchas. Sin miedo pero sí un poco atento. Y nunca por la acera.

Al tema de la falta de motivación no le ayudó mucho que encontrara tanto parecido entre algunos barrios de Quito y pueblos de Asturias. Fer, mira estas fotos y atrévete a dicime que non.

La señardá no es buena para estas cosas

Vi un documental sobre un caso de racismo en Ecuador. Muy esclarecedor respecto a la convivencia de los negros costeños en la capital. Está en 3 partes en youtube. El avión del que hablan es ese que se ve detrás.

Aparte de todo esto, conocí a un montón de gente maja, la mayoría de ellos relacionados de una u otra manera con la bicicleta.

Recomendación recomendable: ir al bar La Cleta (esquina Lugo con Guipúzcoa -muy cerca de la calle Asturias, por cierto-), con el mobiliario hecho todo con partes de bicicleta. Riquísimas pizzas y gente maja.

Durante mi estancia en Construbicis aparacieron por allí otros ciclistas: OSwaldo, un ciclista mejicano con otro proyecto interesante, y Julien & Karine, una pareja francesa a la que había conocido de refilón en Potosí. Siempre mola compartir con otros ciclistas.

Cuando llegaron Julien y Karine, Carlos los metió en otro cuarto. Y Oswaldo sólo estuvo un par de días, así que tuve la habitación para mí solo prácticamente todo el tiempo que estuve allí. La tomé al asalto y al cabo de unos días parecía la casa de Trainspotting (o la de mi hermano). Después de tanto tiempo, tuve la sensación de tener casa propia, que me ayudó mucho para lo mío.

En las flores de delante de la tienda casi todos los días venía un macho de un colibrí guapísimo con la cola muy larga. ¡En medio de la ciudad! Otros días vi otras especies en árboles de la calle y en parques, pero este era espectacular y muy confiado.

Aglaiocercus coelestis. Foto: wikimedia commons

Poco antes de llegar yo se acababa de marchar un grupo de ciclistas españoles y de EE.UU. Todos habían estado pasando una temporada trabajando con Maya Pedal, en Guatemala, que se dedican a hacer máquinas de muchos tipos accionadas por bicis. Visitad su página porque el proyecto está muy bien y las máquinas molan mucho. Por lo visto una ONG de EE.UU. les manda un montón de bicis viejas cada año para que las transformen. Durante su estancia en Construbicis se curraron una bici-licuadora que se usaba todos los días.

 Todas estas cosas me devolvieron la alegría de pedalear. Tardé casi dos semanas en decidirme a continuar. Pero la noche previa a la partida, con todo preparado, la pasé vomitando. Maldición. El día siguiente no podía irme, claro. Pero para rematar la faena, por la tarde me empezó una diarrea brutal. Al final del día no podía ni beber, porque el tiempo de tránsito intestinal tendía a cero. Si bebía agua, en cerocoma tenía que retirarme precipitadamente al excusado. Al acabar el segundo día, harto del no parar de viajecitos y seriamente preocupado por la deshidratación, decidí automedicarme con unas cláusulas que me había dado mi farmacéutico. Efectivísimas. 

Me apetece mucho hablar de formas, colores y texturas porque fue muy curioso, pero quizás no es el foro adecuado para compartir este tipo de experiencias. Esto es más un tema de Fontán.

Tiempo más tarde, hablando con Cass -un inglés de quien hablaré más adelante-, propuso una causa psicosomática para mi evento gastrointestinal. Yo pensaba más en que tenga un bicho o que después de tanto tiempo por esos mundos de dios mi cuerpo se haya debilitado y me coja algo a la mínima. Me da la impresión de que yo no soy muy dado a cosas psicosomáticas pero claro, es imposible saberlo; y menos uno mismo. Repasando el historial me di cuenta de que estos males comenzaron al mismo tiempo en que mi nivel de tolerancia por la lluvia bajaba en picado. Y que casi siempre han coincidido con momentos más bajos de moral viajera. La población muestral es demasiado pequeña saber si, efectivamente, hay correlación, pero me dejó pensativo.

El tercer día por la noche ya empecé a comer yogur y a retenerlo. El día siguiente salí de la Casa por la tarde para dar un paseo por allí cerca y cuando después de 5 cuadras decidir regresar, tuve que hacer dos descansos.

El quinto día ya comí normal y por la noche fui a jugar al bike polo. Disfruté muchísimo, pero no pude jugar demasiado.

Y el séptimo me volvieron a dejar una bici y me fui al teleférico que sube hacia el Pichincha, el Narancazo (4.768 m) de Quito. El teleférico sale de los 3200 m y sube hasta casi 4000. Y curiosamente es más barato un ticket con viajes ilimitados si se va con bicicleta, que subir una sola vez sin ella. La primera bajada, por una pista de descenso, no me moló nada. Pero en la segunda me busqué otros caminos combinando lo que había visto en google earth con lo que había investigado yo otros días en bici y las preguntas a paisanos por allí, e hice una de las bajadas endureras más prestosas que he hecho jamás. No la mejor porque el Prepirineo francés (Borja) sigue estando en lo más altísimo. Luego, como todos los días, empezó una tormenta en las partes altas que acabó trasladándose a la ciudad y ya no volví a subir en el teleférico.

El Daniel, el Carlos, servidor y el Santi

Dos días después preparé todo, me despedí y me fui hacia el Oriente, con la idea de pedalear por la selva amazónica ecuatoriana y desviarme hacia el norte para pasar a Colombia.

De camino paré en Tumbaco, un pueblo a 20 km de Quito donde hay otra casa de ciclistas. Llegué a las 10 dela mañana con la idea de parar un momento para conocerla y acto seguido continuar. Pero Santiago me cayó tan bien que me quedé. Tumbaco está al otro lado de los Narancos que limitan Quito por el este. Está un cacho más bajo y tiene temperaturas muy agradables y no llueve todos los días. Además, está rodeada de campo y los montes están un poco más lejos -aunque hay por todas partes-, lo que quita la sensación de estar encerrado que se tiene en Quito.

Santiago tiene un taller pequeño de bicis y un jardín muy agradable. Y el planteamiento de la casa de ciclistas es muy diferente, porque aquí somos como viejos amigos de la familia que estamos de visita. Hacemos vida en común con la familia, abrimos la puerta cuando pican, entramos y salimos de la casa como queremos, vamos a hacer la compra, cocinamos para todos…

Allí coincidí con una pareja argentina ciclista (Marta y Julián) y con otra pareja germano-colombiana (Hendrik y Laura).

Me hizo mucha gracia una cosa que dijo Santiago: “cuando os juntáis los ciclistas siempre hacéis lo mismo. Os preguntáis nacionalidad, desde dónde y hacia dónde, empezáis a contaros anécdotas y luego sacáis los mapas”. Y me parto, porque es así exactamente. Siempre.

Al día siguiente me llegó un correo de mis padres en el que me regalaban un viaje a Galápagos. ¡¡¡A Galápagos!!! Toma ya. Después de Isla de Pascua, van y se vuelven a enrollar. He de decir que tuve un poco de dudas porque en ese momento lo que quería era empezar a pedalear y moverme y ver cosas nuevas, después de 3 semanas en Quito y dos meses de práctica inmovilidad ciclista. Pero claro, un viaje a Galápagos es un viaje a Galápagos.

Organicé todo y me fui.

Esta para Rica

Esta macarrada se ve mucho en Quito

Mi bici en el quirófano

Los tiros de 3 puntos entran solos, claro

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acojonante
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Una respuesta a 64 – martes 8 de mayo de 2012 – Quito y Tumbaco, dos casas de ciclistas

  1. fer dijo:

    Mira, yo si tienes razón, dóytela. Pa ti la perrona.

    Esta vez.

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